¿UNA? NOCIÓN DE LO “POPULAR”


¿Qué es lo popular de la Fonda Permanente La Popular?

El tema de qué es lo “popular” de la llamada música popular se plantea normalmente, tengo la impresión, en base a un par de concepciones un poco estrechas, cuando no erróneas, de lo que podríamos entender como el “significado” de una palabra o de un concepto. Si bien no soy un experto ni en lexicología ni en “cultura popular”, me gustaría plantear una postura frente a una discusión que pocas veces se aborda y que las más se da por sentada de que ya está resuelta, de algún modo misterioso. Estas confusiones que advierto consisten en la expectativa o ilusión de que

  1. A) las palabras y conceptos tienen un (solo) significado (unívoco)
  2. B) las palabras y conceptos, aunque tengan varias acepciones conocidas, siempre son usados con un sentido inequívoco (único en tal o cual texto)

Pero la realidad del lenguaje demuestra, una y otra vez, que los conceptos no tienen significados unívocos ni usos inequívocos, esto es, transparentes y sin multiplicidad constante y sonante. Es decir, la realidad del lenguaje demuestra que no solo las palabras siempre tienen varias, pero no infinitas, acepciones (en el sistema, en el diccionario), sino que en cada uso particular esos significados movilizados pudieron ser variados, múltiples y nada de replicables, con una serie de pequeñas o grandes variables de sentido entre un uso y otro. Así, el diccionario (cualquier diccionario o, por consiguiente, cualquier glosario y ejercicio de generar definiciones) es una ficción, un ideal o, a lo sumo, una guía muy endeble e inicial.

Una corriente dentro de la filosofía del lenguaje y de la lingüística del discurso dice, sin pudor casi, que una palabra tiene tantos significados como usos, expresión que puede resultar poco feliz para el común de los mortales porque cualquiera de nosotros pareciera concebir cierta permanencia entre una ocurrencia y otra. De otra manera, la comunicación misma se vería gravemente afectada o imposibilitada. En realidad, lo que tal máxima quiere indicar es que en cada acto de comunicación los interlocutores dialogan (o negocian, como se dice más clásicamente, aunque con presupuestos y consecuencias diferentes) los significados. En otras palabras, el significado del concepto (solo) se completa, se materializa, se consuma plenamente, en tal o cual texto, es decir, en tal o cual uso, ocurrencia. En ese sentido, no sería una mala idea que cualquier teórico interesado en responder qué se dice cuando se dice tal concepto (como por ejemplo, qué tiene de popular la música popular) tuviera como lecturas complementarias las principales obras de filosofía del lenguaje y de teoría dialógica (Wittgenstein, Voloshinov).

En el caso de la discusión sobre qué decimos cuando decimos “popular”, lo que no puede suceder es

  1. A) que la discusión se afane en definir “popular” unívocamente (con un solo significado, más o menos aceptado o tolerado por todos);

Incluso, debería al menos hacer el esfuerzo de no suponer

  1. B) que en cada uso específico del concepto se está movilizando un solo significado (un supuesto uso inequívoco)

E insisto en lo anterior porque muchas veces me he sorprendido al escuchar que teóricos sociales, nada dados a los esencialismos en sus respectivas disciplinas, sí aspiran a que el lenguaje y su estudio sí sea esencialista y se ofenden y escandalizan cuando uno les explica que el lenguaje, también puede estudiarse o desde un funcionalismo o desde un dialogismo discursivo en muchos sentidos símil a las visiones sistémicas que estos intelectuales defienden, con razón y pasión, en sus propias áreas.

En específico, en relación al concepto “popular”, yo partiría siempre de la idea de que el concepto tiene varias acepciones y que en usos particulares del concepto se puede estar enfatizando (o negociando) tal o cual acepción, o que incluso puede ser que ese uso negocie, movilice, haga dialogar, más de una acepción a la vez, sin diferenciación, muy por el contrario, como evidencia de la complejidad en el uso.

Si como ejercicio, solo como ejercicio, pusiéramos de punto de inicio las acepciones dadas por la RAE para el término popular, tendríamos que cada vez que se habla de popular el significado se estaría negociando en torno a una de las siguientes posibilidades:

  1. adj. Perteneciente o relativo al pueblo.
  2. adj. Que es peculiar del pueblo o procede de él.
  3. adj. Propio de las clases sociales menos favorecidas.
  4. adj. Que está al alcance de los menos dotados económica o culturalmente.
  5. adj. Que es estimado o, al menos, conocido por el público en general.
  6. adj. Dicho de una forma de cultura: Considerada por el pueblo propia y constitutiva de su tradición.

Bajo mi entendimiento, las acepciones 1, 2 y 6 suelen considerarse como un sentido unitario I, como por ejemplo cuando se entiende popular como folclor, como propio de una sabiduría del pueblo (transmitida oralmente de generación en generación, según la concepción más romántica), y entendiendo pueblo como algo distinto al individuo y, a la vez, a la masa. Advierto que se moviliza este sentido cada vez que se habla de una tradición popular, de que tal refrán o tal práctica es de origen popular, o que, por ejemplo, la décima es de origen y raigambre popular (aunque solo un puñado ínfimo de personas iniciadas pueda realizarlas, catalogarlas como tales y evaluarlas como logradas o no, es decir, aunque no sea un conocimiento ni masivo ni propio de personas “menos dotadas económica o culturalmente”, como dice la RAE). En el caso concreto de la cumbia, ocurriría cuando se dice que existe una cumbia original, popular, en la costa atlántica de Colombia y se linkea a eso las agrupaciones de cumbia con gaita y tambores campesinas (idealmente no mediatizadas, excepto por videos caseros subidos a youtube). Tengo la impresión de que acá lo que importa es que tal uso, conocimiento o práctica, aparentemente no tiene un origen asociado a un proceso moderno de producción, mediatizado y/o enfatizado como individual. Es el popular romántico, esencialista.

Las acepciones 3 y 4 conformarían, según percibo, un sentido unitario II, presente cuando se indicaría, por ejemplo, que tal gusto es popular, que el vino en caja es popular, o que, por ejemplo, los músicos de las bandas sound son de origen popular (entendiéndose de inmediato que algo de origen popular (I) es muy distinto a alguien de origen popular (II)). En este caso, en ámbitos no académicos se usa simplemente populacho y el término suele estar asociado a un uso discriminatorio, estigmatizante o diferenciador, porque se suele enunciar desde una autopercepción de no popular. Es el popular de la diferencia, incluso del ninguneo.

La acepción 5, finalmente, la entiendo como un sentido III, presente cuando se indica que un actor es popular, que un político ha perdido popularidad o que una canción es la más popular de la semana. Acá estamos en la esfera de la circulación de valores por parte de la masa (distinto a popular I). Fíjense como, en estricto rigor, en los sentidos I y II no se puede hablar de que algo o alguien ha “perdido” o que tiene “mayor presencia” del rasgo popular, como sí ocurre con el sentido III; es decir, los sentidos I y II suelen usarse de manera dicotómica, mientras que el sentido III, de manera gradual. Cuando se dice, por ejemplo, que durante el 2010 Américo fue el cumbiero más popular de Chile, ahí el sentido movilizado de popular es básicamente el III. Es el popular del consumo.

El tema complejo de todo esto es, vuelvo a esta idea, que en ciertos usos o en relación a ciertos referentes, los sentidos de “popular” van cambiando o se van sumando en una amalgama o crisol de significados movilizados y dialogados. En relación a la cumbia sound, por ejemplo, difícilmente se podrá decir que es popular (I), pero sí se puede decir que antes de 1997 era popular (II) y que entre 1997 y el 2001 aproximadamente fue muy popular (II y III a la vez, quizás con un sentido u otro preponderante, según la enunciación específica). En relación a Américo creo que se podría observar lo mismo, es decir, que cuando se dice que Américo es o fue popular, son los sentidos II y III, a la vez, los que están movilizándose y disputando una hegemonía semántica. Si leemos que la orquesta Huambaly era popular en los ’50, probablemente lo sea en el sentido III, menos probable en el sentido II y nada relacionado con el sentido I. Cuando se señala que el Chico Trujillo es popular este 2011 tiendo a ver que se moviliza básicamente el sentido III, aunque existe la lucha semiótica por también movilizar el sentido II, e incluso el I con perspectiva de popular-urbano. ¿Antes del 2008, Chico Trujillo y todo el nuevo mambo santiaguino eran populares? No completamente ni en el sentido II ni en el III, aunque si se dijera eso sería en enunciados del tipo “era popular (III) en el mundo universitario”, mundo que no es completamente popular en el sentido II (lo que me recuerda la problemática de lo “popular” en relación a la expresión, “La Cuarta, el diario popular“, en pretendido sentido II y III).

Incluso podríamos advertir que el sentido II tiene una variable ideológica, utilizada mucho por la política, y que reclama lo popular para lo propio de las clases desposeídas solo si ellas tienen conciencia de clase y no forman el lumpen proletariado (lo que reuniría, de una manera específica, las acepciones 1, 2, 3 y 4 de la RAE). Este valor IV de lo popular (en el sentido de “Víctor Jara representaba una ética de los grupos populares”) parece ser el que intenta atribuirse parte importante del nuevo mambo santiaguino.

El ejercicio puede ser infinito y, quizás, podría proponerse nuevos valores de sentido, no considerados por la definición RAE, pero creo que el juego anteriormente expuesto resulta suficiente para exponer la complejidad del ejercicio de conceptualización, de negociación de significado y de lectura. Puesto así el asunto, siempre será sana la práctica de aclarar, cuando uno usa un concepto, qué es lo que se asume que significa tal concepto (“cuando yo digo popular digo/entiendo/hablo de tal cosa o desde tal perspectiva/sentido“), siempre y cuando se tenga la conciencia de que, incluso con esa supuesta claridad definitoria y teórica, cada ocurrencia del concepto movilizará saberes, ecos, sentidos, relaciones nuevas o diferentes y que por lo tanto el enriquecimiento y la complejidad del concepto no se agota jamás ni se apresa ni se termina de fijar. Aunque así lo queramos y se lo exijamos vanamente al lenguaje.

 

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