UNA NOCHE EN LA FONDA PERMANENTE “LA POPULAR” (CON PITUTO Y AYAWASCA)


Sábado 26 de marzo de 2011. En realidad, ya domingo 27, cerca de la 1 de la madrugada. Diyéi Pituto detiene por un momento su torbellino constante de buena cumbia “de siempre” (y “de nunca antes” escuchada, al menos tantas veces, en Santiago) con su sello internacional, revisionista y, aunque suene curioso a esta altura de la vida, sobre todo en un país que se dice “cumbianchero” como el nuestro, ampliador de repertorio ( ! ). Algunas luces se prenden, sobre todo las de colores que quieren evocar el carnaval (o como nos imaginamos uno) y los músicos de Ayawasca, un Eqeqo 2.0, comienzan a tocar algo nacido desde Juaneco, desde la psicodelia a través de Juaneco, desde la estética setentera de la cumbia peruana, mezclado con sonidos misteriosos más propios de un neohippismo descubridor de Cusco. Mientras prueban micrófonos, la cumbia se alarga varios minutos y en la estrecha, cálida e íntima pista de baile un hombre disfrazado de espíritu del Amazonas (o de lo que nos imaginamos que es uno) intenta hacer algo entre bailar, galantear, asustar y parecer bohemio tomándole el melón con vino a los fonderos asistentes.

De pronto, el juanequero preludio, con gritos destemplados e intentos de generar un misterio pachamámico de inspiración jaivera, da paso a un cambio de estilo radical: seguimos en Perú, pero ahora nos vamos a la tradición costeña de cumbia peruana setentera (Los Destellos), a la tradición chicha (Chacalón) y a la de las bandas norteñas (Armonía 10) más pura y cristalina. Ángel (no?), directamente desde Trujillo (dicen), sale en escena, vestido con la elegancia del artista que está sobre un escenario sobre el cual siempre soñó estar (pero que resalta como kitsch dada las guayaberas institucionales de sus compañeros de banda) y se pone a cantar todo el repertorio clásico al norte de la línea de la Concordia y acá más bien desconocido: “Ven mi amor” y “Ese amargo amor” de Chacalón, “Cervecita” de Los Shapis, “Veneno para olvidar” de Armonía 10 y un largo etcétera. Ayawasca claramente anda buscando  su estilo (porque si no hay una sola cumbia chilena, ¡¡mucho menos hay una sola cumbia peruana!!) y Ángel se los da en un sentido muy distinto, casi antagónico diría, al expuesto en los interludios instrumentales, cuando la pretensión va por poner melodías de The Doors y de Divididos ( !! ) en ritmo de cumbia. Ángel es, en realidad, un cantante de la fina estirpe de banda peruana, que maneja el repertorio canción/cumbia, con timbre de voz reconocible, con sentido de la melodía y con las inflexiones de voz propio del canto con sentimiento, aunque con claras limitaciones entonacionales en el intento de imponerse por sobre toda la masa sonora de una banda que a veces juega más bien al rock miren qué buenos somos, sin tener como contrapartida el equilibrio ni la ironía ni la genialidad de José Luis Carvallo, de Juaneco o de Enrique Delgado. En Perú hay decenas de Ángeles; en Chile, muy pocos (y más bien en provincia)… cantando cumbia peruana en serio, sin afanes chistosos ni alardes discursivos ni manierismos taquilleros.

La presentación de Ayawasca, insisto, banda partida en dos y en búsqueda de su destino, dura un poco más de una hora y concluye con quizás el mayor hit peruano revisitado en la última década: “Cariñito” de Los Hijos del Sol. El público baila eufórico (aunque la presentación completa no generó eso que llamamos euforia), los familiares de Ángel, en un rincón del salón central, miran entre tímidos y emocionados, el carrete de la fonda alcanza un punto alto de intensidad que a reglón seguido mantiene, como bien sabe hacerlo, el dj de la nariz de payaso y estiloso notebook mac ( !!!). La noche sigue al ritmo de cumbias y canciones ya identificadas largamente con el nuevo mambo santiaguino, desde Celso Piña hasta Mano Negra.

Ya tendré otro tiempo para explayarme con más detalle y soltura, pero hay que destacar siempre que la fonda permanente “la popular”, ese concepto, esa entelequia, se materializa de mejor manera cuando el espacio es pequeño y el público baila estrecho, tocándose, como lo era en la recordada sede de serrano 444 o como resulta darse acá en loreto 369.  Esa es la fonda, la de espacios reducidos, casonas antiguas refaccionadas, vigas a la vista y público íntimo. Es en esas instancias cuando vuelvo a enamorarme del nuevo mambo santiaguino, porque vuelvo a enamorarme del público y de mí mismo como público de un mambo popular, en casi todas sus acepciones a la vez, horizontal, alegre, liviano de sangre, no discriminante, esencialmente buena onda. Ese público que se reconoce (o quiere reconocerse) en lo piante sin ser flaite, en un honesto orgullo por, e hidalguía de lo popular, sobre todo en su sentido II. Un público muy cumbianchero neto, feliz con su melón con vino, con su terremoto, con su nunca, pero nunca me abandones cariñito. Esa noche ese era el público que estrechaba las salas de la fonda loreteana y que la convertían en un gran espacio de música y de convivencia, como era ir  antaño a Serrano 444, como fue alguna vez ir al Galpón Víctor Jara.

En carretes así capto, con emoción, que el nuevo mambo santiaguino fue, quiso ser, intentó ser y aún a veces lo es, un espacio sincero y popular de generar redes sociales en torno a la cumbia y las músicas populares, un espacio convocante, no excluyente, profundamente tranversal, diverso, sano para la ciudad y para nosotros, los ciudadanos. Mucho de eso se ha perdido, se ha difuminado en discursos inocuos y en apropiaciones de voces que no corresponden, pero mucho de eso se mantiene todavía en pequeñas tocatas como esta. Incluso la misma Fonda Permanente no es siempre fiel a su espíritu fundador (no, al menos, cuando vende entradas por Ticket Master e invita a la oficialidad caduca de Los Tres), pero en una casona como esa, con la gente linda y alegre que esa noche ahí estaba, que solo quería bailar y compartir… claro, uno vuelve a creer en el poder de la cumbia. En el poder lindo del nuevo mambo.