LA CHICHA Y SU MANGA


He podido ver en el último tiempo dos presentaciones de la banda La Chicha y Su Manga, la primera en CONACIN hace unas semanas y la segunda en ICAL, hace solo unos días. Si algo así me hubiese ocurrido hace diez o hace más de cinco años, hubiese llorado de emoción e incredulidad por lo que tenía al frente. Es curioso cómo han cambiado las cosas en cinco años en cuanto a espacios y discursos sobre la cumbia en Santiago. La misma existencia de una agrupación como La Chicha y Su Manga es un ejemplo palpable de este cambio. Ellos dicen sentirse algo outsiders en relación a lo que ocurre en el Nuevo Mambo Santiaguino, según señalan en una entrevista que en otra ocasión comentaré, pero lo cierto es que probablemente ellos mismos, cinco o diez años atrás, no se habrían imaginado llenando el espacio sonoro que están llenando. El mismo cambio de los últimos años es base y argumento para su existencia.

Como ya he comentado, y como seguiré haciéndolo, hay un fantasma que recorre la historia de la cumbia en Chile y es la cumbia peruana. Aceptado o no por los defensores de lo popular versus lo masivo, Américo es el último eslabón de toda una tradición nacional de interpretación de éxitos peruanos sin que la denominación de origen se explicitara tal como debía explicitarse. Américo se vio obligado a hacerlo porque, claro, los tiempos ya no están para andar haciendo cosas sin que el mundo se entere, y pudo incluso sacarle cierto capital a tal gesto, pero para muchos cometía otro pecado: la cumbia peruana que estaba replicando era esta nueva cumbia, cumbia que tiene la culpa de ser masiva y mediática (¡¡como si la cumbia peruana clásica y chicha no lo hubiesen sido!! ¡¡como si ellas mismas no hubiesen sido en su tiempo discriminadas, hasta que un gringo las descubrió y les encontró su gracia!!). Pero Américo, como decía, es el último eslabón de una cadena tan larga como la historia de la cumbia en el país.

Lo que cambia con una agrupación como La Chicha y Su Manga, entonces, es el orgullo declarado de explicitar que lo que están haciendo es cumbia peruana. Es una explicitud que ni siquiera en Chico Trujillo o en el Sound encontramos, aunque sus repertorio estén compuestos de éxitos peruanos. Ese orgullo explícito los vuelve, a su vez, una banda peculiar y lo que habría que observar es si entonces logran colocar en la memoria musical de nosotros, cualquier hijo de vecino que va a una tocata, que “Ojitos Hechiceros” o que “Cariñito” son himnos nacidos en los bordes del Rimac. Mi sospecha es que dicha peculiaridad mantiene, a la larga, la distancia. Tampoco es su intención, entiendo, pero lo destaco, dado que sí es mi preocupación personal.

La Chicha y Su manga en Conacín, sin su animador ni su vestimenta propia.

Pero volvamos a las presentaciones. Lo primero que destaca, y destaca por mucho, es la seriedad con la que la banda hace su trabajo. Como también ya lo he mencionado, cuesta encontrar en el Santiago actual una banda que no haga cumbia sin un toque de burla, de sobreactuación, de payasería. Quizás de nuevo hay que ir a Américo o a Leo Rey para encontrar las excepciones. En el mundo del Nuevo Mambo, por el contrario, casi siempre hay algo que delata cierto desdén o cierta concepción humorística, sobrecargada, exagerada de la cumbia, ya sea en la vestimenta o en el tono o timbre de voz o en las temáticas de las composiciones propias. La Chicha y Su Manga, en ese contexto, es una banda que sobresale por su mayoritario respeto por lo que está tocando, en su presencia visual y en su sonoridad. Es una banda casi sin show, por decirlo de alguna manera. Y eso se agradece muchísimo.

La Chicha y Su Manga en ICAL

Lo que tocan lo tocan con respeto. También lo tocan con conocimiento. El repertorio se mueve entre lo más graneado de las cumbias peruanas de hace quince, veinte, treinta y cuarenta años atrás. Van desde Los Destellos y Juaneco y Su Combo hasta “Veneno para olvidar” de Armonía 10 (lo más reciente que les escuché) y las sonoridades alcanzadas son, por lo general, las propias de la Cumbia peruana clásica y de la Chicha. Más cerca de la primera que de la segunda, curiosamente, según mi apreciación, a pesar del nombre de la banda, sobre todo porque los timbres de la Chicha acá a veces no aparecen del todo (por ejemplo en la voz principal o en la ausencia de teclado). Supongo, en todo caso, que es muy difícil imitar (¿o sintetizar?) el sonido y la atmósfera de tres movimientos que, bien conocidos, resultan ser tan distintos, como lo son la Cumbia setentera  selvática, la Cumbia setentera costeña y la Chicha: no está la exhuberancia de la percusión de los dos primeros y la guitarra suena igual en canciones de distinto repertorio (y a veces muy pretenciosa en el riff, lo que lleva a hierros dolorosos en este tipo de canciones, donde la pureza y destreza del punteo es tan relevante). La presencia de Augusto Zamora es, eso sí, un total acierto y su presencia ya asegura un aire peruano innegable y definitivo.

Proyectan respeto, proyectan conocimiento. Pareciera, eso sí, que algo de convicción a veces les faltara. En las dos presentaciones que le he visto he sentido que el cantante, por ejemplo, no está completamente convencido de querer estar ahí. Es solo suposición perceptual mía, insisto en eso, pero en CONACÍN lo vi derechamente incómodo y en ICAL por primera vez lo vi reir y soltar su grave voz en las últimas canciones. El guitarrista, por su parte, me proyecta la idea de que está ahí un poco por lo alternativo que puede ser estar ahí. No lo sé, pero sus intentos por cambiar los riffs originales de canciones emblemáticas (como en el importante solo central de “Soy provinciano” de Chacalón y La Nueva Crema) me proyectaban un poco eso.

La Chicha y Su Manga en ICAL

La gente en ambas tocatas los gozó como gozan, por lo general, a las bandas que están haciendo música andina en CONACIN y otros recintos similares. Es, por decirlo de alguna manera, un público que quizás fue al Víctor Jara hace muchos años atrás, en sus inicios, pero que ya no se aparece por el galpón de Plaza Brasil. La casa vieja de Nataniel Cox les ofrece, entonces, ese espacio más familiar, más cerrado también, más íntimo y más diferenciador a la vez, más de ghetto incluso, que tanto sentido les hace y que tan cómodo les resulta para bailar tinkus, caporales y… chicha. No es un público, me parece, que se conozca el repertorio (más allá, obviamente, de los hits imposibles de no conocer) y se nota, pues no es un público que coree ni a los Kjarkas (como mis amigos ariqueños, que se las conocían todas) ni a Chacalón. Es un público que parece reconocer una sonoridad, un estilo, un ambiente, sin necesariamente distinguir entre una canción y otra. Saben, eso sí, cambiar el ritmo y el paso de una saya a un tobas, de una cumbia a un tinku. Es un público, en general,  informado y feliz de estar ahí (no podría estar, de hecho, en otro lugar), pero no fanático ni mucho menos. Sobre todo, no fanático de la Chica, por mucho que Zamora diga que tal o cual tema es de los inmortales Los Shapis y que permanecerá siempre en nuestro corazón.

La Chicha y Su Manga en ICAL

La Chicha y Su Manga colocan en el panorama cumbiero santiaguino sonidos que siempre se han escuchado por estas tierras, aunque su origen siempre haya sido negado, ocultado, silenciado. En ese sentido, no es un sonido nuevo ni un (re)descubrimiento. Menos hablaría de un rescate. La explicitud marca, eso sí, una gran diferencia. También el hecho de que el repertorio esté dedicado completamente a la cumbia peruana. La seriedad del trabajo, de la performance, también. ¡¡Después de 20, 30 o 40 años Santiago viene a escuchar estas cumbias como siempre debió escucharlas!! Y eso se agradece mucho a una banda como esta.