UNA NOCHE EN BAR SANTA FILOMENA CON ANARKÍA TROPIKAL


Fue un delicioso deja-vu. De pronto me sentí nuevamente en tocatas de hace cuatro o cinco años atrás, en donde la cumbia se vivía con una constante sensación de sorpresa, de expectativa por lo que pondría el dj y de energía efervescente que, en ese entonces, le daba nuevos bríos desde el centro  a la gran ciudad. Me sentí en las recordadas tocatas en el Galpón, con Chico Trujillo haciendo dos entradas por noche, o en las irrepetibles Fondas Permanentes de Serrano 444, que mezclaban música y estrellas, anticuchos y terremotos, o en las noches brillantes en Romerito bailando con las luces encendidas de los viejos faroles de la sede del club deportivo y social “El abasto”.

Sobre todo, me sentí en medio del público cumbianchero de aquellas noches. Está bien, entre tanto el Nuevo mambo santiaguino ganó en diversidad y grupos que no se habían dado una oportunidad de ir a una tocata de cumbias empezaron a dársela. Pero eso, en cierta medida, y bajo el riesgo de sonar socialmente imbécil, hizo diluir el perfil más genuino de público propio del Nuevo mambo. Es cierto, han seguido habiendo muchos, muchísimos espacios donde siguen predominando las cabezas negras y las sudoreras. Pero, no sé, en Bar Santa Filomena me sentí trasportado, de pronto, y después de muchas tocatas, a ese mar de jockeys para atrás, de cumbieros punketas vacilando cumbia setentera, de minas huachitas y buenas pa tomar, que me marcaron profundamente en mis primeras incursiones en el Nuevo Mambo y que, por entonces, me lo volvían un carrete a la par de las discos/polladas peruanas del centro que me encantaba frecuentar.

Me lamenté mucho de no haber ido con mi cámara fotográfica para registrar, en lo posible, mi agrado con el local y con el ambiente que ahí se formó. Un espacio pequeño, justo, que con 80 personas se llenaba perfectamente, arquitectónicamente en el estilo que ya se ha vuelto sello de las buenas picás porteñas y santiaguinas (como Conacín): sin mayores divisiones internas que las vigas al aire que afirmaban las desaparecidas paredes. Con murales por todas partes, llenos de sentido político y cuidado estético. En fin, me sentí muy feliz ahí, bailando Chicha, Sonora colombiana, algo de Bailanta y, por supuesto, Nuevo mambo.

Tres bandas y un dj algo esquizoide en las transiciones amenizaron la noche. Y el cóctel también me recordó viejas veladas, cuando en las catedrales cumbieras se daba más espacio a la experimentación de estilos. El Emsable Afro-Malinke abrió la velada con sus percusiones endemoniadas que invitaban más bien a la contemplación. Continuaron Los Secuaces, con su refrescante tránsito desde el reggae hacia la cumbia (algún día propondrán una síntesis potente, desde ya la espero!). Y remataron la jornada los Anarkía Tropikal. Y aquí quiero aprovechar la tocata para detenerme un poquito en ellos.

Debo reconocer que mi aprecio y gusto por Anarkía Tropikal ha cambiado radicalmente en los últimos dos años, en oposición a un sentimiento más bien de rechazo inicial, cuando los escuché por primera vez y compré su disco en el lejano 2006. En un contexto donde veía como amenaza que, justamente, universitarios estudiantes de Teatro comenzaran a tomarse “mis” carretes de Cueca brava en el Huaso Enrique y “mis” tocatas cumbieras en el Galpón, la aparición de los Anarkía Tropikal vino a simbolizar ese miedo y ese rechazo. Que su parada naciera ligada (al menos mediáticamente… las injusticias de la vida, quizás) a provocaciones religiosas con el mote de “performance artísticas” me generaba más rechazo, porque sentía, entonces, que no vivían verdaderamente la cumbia, que quizás ni les interesaba tocar cumbia, y que por lo tanto se subían a un carro que en los círculos universitarios comenzaba a andar bien. Mirado con el paso del tiempo, fueron justamente años en que las nuevas generaciones universitarias buscaron (y cooptaron) las escenas de músicas populares alternativas, pequeñas y cerradas, que existían en Santiago (lo ya mencionado de la Cueca Brava, el Nuevo Mambo o toda la onda Lakita y tinkunera que surgió en esos días y que hermandaba al Galpón con el Campus Oriente). Sentía, entonces, poca gana genuina de cumbia y más posicionamiento, oportunismo. Un poco como lo que me pasa, en otro plano, pero por motivos similares, con bandas como Villa Cariño.

Creo que desde entonces, 2006-2007, más bien los evitaba. Hasta que los vi nuevamente a fines del 2010 y mi percepción empezó a cambiar. No sé por qué, pero sentí más cumbia en el escenario, más sinceridad, más sentimiento. Además, su show se había vuelto algo definitivamente entretenido, provocador, hipnotizante. La misma anarkía, ni un pelo más “adultos”, ni un centímetro más “fomes”, pero, sin embargo, no sé, más maduros, si es que acaso viene bien ese adjetivo. Menos Campus Oriente, sin dudas.

Mi cambio de percepción se tornó envidia profunda cuando supe que dos de sus integrantes estaban cumpliendo mi sueño de toda la vida: recorrer la Panamericana buscando las cumbias y las músicas de América. ¡¡No podía ser que estuvieran llevando a cabo mi más íntima quimera!! Lima, compartiendo con Los Shapis, Ecuador, Colombia… y yo leyendo sobre su mágico periplo en el buenísimo blog “Cumbia, Poder y Porro“.

Desde entonces, ya sopesé menos el hecho de que su presencia mediática estuviera marcada por la rebeldía chora de hacer esta música dentro de la UC (como bien lo graficaba El Mercurio ya en 2006) y valoré mucho más su invitación a Chile a bandas peruanas de cumbias, probablemente la primera que ocurre en toda la historia de las cumbias en Chile no destinada en principio al público inmigrante, su posicionamiento villero y, sobre todo, su viaje, su búsqueda del Magdalena, su peregrinar por la Panamericana cumbiera de Sudamérica.

Es así cómo ahora gozo a concho las tocatas de Anarkía Tropikal, como las de este viernes en el Bar Santa Filomena. Y en un espacio idóneo: sin escenario, con la banda al misno nivel que el público, mezclados todos con todos, con la gente sudando cumbia, ahí mismo al toque de mano. Por eso fui feliz bailando y cerveciando. Por eso quiero volver a cumbianchear al Santa Filomena. Por eso el Nuevo Mambo tiene sus cosas geniales, su apertura de caminos y escuchas, su adn popular, su alma americana y fiestera.