DE CUÁNDO SABAT PROHIBIÓ LAS CUMBIAS EN LAS FONDAS DE ÑUÑOA


Las últimas nefastas intervenciones del alcalde de Ñuñoa, Pedro Sabat, me hicieron recordar el mediano revuelo mediático que se produjo en septiembre de 2011 ante la difusión, en El Mercurio, debe destacarse, de que en dicha comuna existía una ordenanza municipal que prohibía a los fonderos tocar cumbia o cualquier otro ritmo que no fuera “chileno” o “folclórico”.

Por lo que he podido recabar por las notas de prensa del momento, la polémica no iba más allá de una discusión entre mercaderes y patrones de fundo. Y la cumbia y la cueca como mercancía.  Muy decidor, en este sentido, son las palabras de propio Sabat a Radio Universo y las declaraciones de un par de fondistas en Radio Cooperativa. El centro, por supuesto, finalmente, no está ni en las cuecas ni en las cumbias, ni siquiera en el derecho de las personas a bailar y escuchar lo que deseen, sino en la ganancia, en la transacción, en la potenciación de los dineros.

Los románticos cumbieros no queríamos ver que, en el fondo, lo que ocurría en Ñuñoa era una disputa del tipo “quiero ganar más y él no me lo permite” y solo nos sentíamos muy ofendidos por la conceptualización conservadora y nacionalista de que la cumbia no es digna de ser bailada en fiestas patrias. La percepción que se me genera, insisto, es que los fonderos ñuñoínos no estaban luchando por darle un espacio a las manifestaciones populares netas, sino a una que la identificaban como generadora de mayores ganancias. Podría haber sido el Axé en otros tiempos… o por qué no, el Reggeatón. Aunque no sé si en esos casos nosotros, los románticos cumbieros, habríamos salido de igualmanera a rasgar vestiduras.

Por supuesto, la discusión se dio en términos de chauvinismos y respeto por la dizque cultura nacional. Nunca está de más decir que todo lo considerado chileno, en el y desde el Chile central, siempre tiene un origen mestizo (es decir, mixtura de culturas). Pero más importante, me parece, es destacar que no es el origen darwiniano de las cosas lo que define su chilenidad o no, sino su nivel de penetración, socialización y valoración real por los entes sociales del grupo. Consecuencia directa de lo anterior, me parece evidente, es que jamás se puede hablar de la chilenidad (ni de la peruanidad, argentinidad… etc.) en singular, sino que siempre en plural. Y de lo anterior no escapa ni las cumbias ni las cuecas ni el reggeatón. La misma concepción de “cumbia chilena”  que varios defienden (en singular y canonizante de solo cierto repertorio) se tendría que problematizar, desde este punto de vista, y seguramente rechazar en varias de sus aspiradas consecuencias (y por supuesto, también la de que exista una “cueca verdadera”, sea esta la brava o la del decreto de 1979). Como el asunto es complejo, hay matices que en cada caso habría que precisar, pero me parece una hipótesis de conceptualización inicial justa y necesaria.

Que la prohibición de las cumbias sea a través de una ordenanza municipal reafirma, sin embargo, la noción fuertemente arraigada en amplias zonas urbanas del Chile central de que las cumbias llevan al desorden público y a la delincuencia. Sabat es claro en eso: la medida habría permitido que las fiestas patrias de la Municipalidad de Ñuñoa se celebrara sin ni un robo de auto. Las palabras “flaite” y “lumpen” aparecen, además, rápidamente en los post de los comentaristas de las noticias relacionadas. Como si las cuecas hubiesen sido blancas palomas (a eso las intentaba reducir y condenar el decreto pinochetista de 1979), la cumbia es conceptualizada como peligrosa, revoltosa, problemática y pendenciera. Y podría asegurar que muchos que defienden la existencia de una “cumbia nacional” no estarían tan lejos de decir lo mismo de ciertas cumbias también por ellos relegadas y estigmatizadas.

La ordenanza de Sabat no habla tanto de cumbia como del miedo a la fiesta, al desorden, al carnaval y a los sectores populares asociados, de manera más o menos unívoca, con esas manifestaciones. En eso, Sabat está hermandado con O’Higgins, Vicuña Mackenna y quizás cuánto liberal de la música que, sin embargo, rechazaría ciertas cumbias por ser propias de los bajos fondos. Y es cierto, las cumbias en Chile son populares, orgullasamente desordenadas y putas.

A Sabat habría que informarle que la cueca más de una vez fue prohibida en las antiguas fiestas patrias del Chile republicano, ya que eran asociadas a esos puteríos, para insistir en el término sabatiano, que eran las chinganas. Y que en realidad nada de lo considerado chileno lo es en términos naturales, esencialistas y beatos, muy por el contrario.

En lo personal, amo las ramadas de provincia en las que conviven en absoluta armonía las cumbias de sonora, el sound, las cumbias rancheras, los corridos, las cuecas y hasta el reaggetón y el rock and roll, todo en una misma noche y con los mismos intérpretes y bailarines. Todo intento de limitar esa alteración del orden, de prohibir la alteridad (a través) de la música, es y será siempre un ejercicio vano. Pudieron quitarnos la fiesta del carnaval, pero jamás el carnaval.