LA JALISCO ZAPATA


Un aspecto en desarrollo y en pleno proceso de experimentación en la actual cumbia urbana santiaguina es su relación de mestizaje e intertextualidad con los llamados “ritmos latinoamericanos” o, en general, con un conjunto de géneros latinos y no latinos con los cuales suele generar cruces. Aunque las bandas y los medios coinciden (o reiteran) hablar de una influencia o un diálogo con el rock (lo que podría observarse en cierta actitud de vida, en la relación con el público, en la manera de entender la carrera musical, algo en la lírica y, en muy menor medida, según mi criterio, en la instrumentación y la composición) musicalmente los diálogos parecen estar más bien con el reggae, con el ska, con la salsa, con la murga, con los ritmos andinos, con la música gitana y, de manera más particularizada, con el punk o con ritmos folclóricos del caribe.

Una de las bandas que pareciera estar en esa experimentación, en esa búsqueda, y que está proponiendo interesantes vías de afianzamiento del concepto es La Jalisco Zapata. Esta banda, en escena desde hace un poco más de un año (tengo el registro de afiches de sus tocatas desde marzo de 2011), indica justamente en su MySpace que los géneros que cultivan son “cumbia, latina y rock” y resultan ser un excelente ejemplo de cómo se está entendiendo esa mixtura en la llamada nueva cumbia. Es, de partida, una agrupación rica instrumentalmente, compuesta por dos guitarras, bajo, teclado, percusión (huira, conga y otros), batería, bronces y quena, repartidos en 11 integrantes (hombres y mujeres), que tiende, como suele suceder con las bandas del nuevo mambo, a copar los reducidos escenarios en que se presentan. Esa variedad tímbrica instrumental les permite, claramente, transitar desde los estilos de cumbia más convencionalizados (sonora) a los menos (los guiños villeros en “Playa y tú” y “Cumbia revolución”) y desde la cumbia a la murga (“Playa y tú”), la salsa fusión y la música andina filtrada vía Los Jaivas (“¿Qué nos pasó?”).

En “Piraña” parecieran apuntar hacia una suerte de cumbia fusión, mientras que en “Cumbia revolución” visitan, a su vez, sonoridades que evocan estilos clásicos de cumbia colombiana y peruana (además de, por supuesto, la cita a Los Mirlos de la introducción). Tal como otras buenas bandas de la nueva cumbia, La Jalisco Zapata propone bastante el mestizaje rítmico y sonoro no solo como una suma final, sino como un transitar dentro de una misma canción, con cambios y matizaciones en su arquitectura.

Le he visto dos tocatas en vivo a La Jalisco, todas en marzo de este año: el sábado 24 en La Fonda Permanente y el viernes 30 en Cueto con Andes, y ambas me dejaron ese exquisito gusto en boca después de una buena tocata de nuevo mambo. Como ya lo he comentado en otras ocasiones, suele ocurrir con estas agrupaciones que en el en vivo transmiten una fuerza, una vitalidad y una sangre que es propia y única de la tocata. Son bandas hechas para tocar en vivo, porque ahí transmiten y hacen explotar el carisma escénico que, por supuesto, en las grabaciones de estudio tiende a perderse. En el caso concreto de La Jalisco Zapata, en escena tienen el valor agregado de una misteriosa sensualidad no muy común, debo decir, en el nuevo mambo, sobre todo en la figura del cantante, que deposita en sus ademanes y en su voz grave, profunda y raspada, tal como queda después de un buen weed, el carisma que todo cantante de nueva cumbia debe tener. En ese sentido, es el complemento perfecto del modelo opuesto, el cantante de Santa Feria, lleno de espontaneidad, voz aguda y vivaracha y energía desenfrenada, por mencionar a otro cantante que hoy por hoy me parece icónico. Distintos métodos de llenar de presencia el escenario. En este caso, la voz de La Jalisco se planta más pausado, pero su contacto comunicativo es fuerte a través de la sonrisa constante, la expresividad de los brazos y el juego falso de mirada que genera al usar lentes de sol en casi toda la presentación. Punto aparte merecen sus brincos: desde el sound que Santiago no presenciaba saltos tan bien puestos sobre un escenario.

Como buenos exponentes del nuevo mambo, insisto, los demás integrantes también participan del espectáculo-tocata conjurando habilidad técnica, simpatía y cierto toque de teatralidad. El grupo destaca bastante en percusión y es común escuchar espacios de solos de batería en medio de la jarana cumbiera. Por supuesto, no pueden faltar las camisas guayaberas, impronta visual ya canónica en estas bandas. Las dos mujeres en el escenario, Daniela y Claudia, en particular, destacan tanto en lo musical como en lo escénico: sus coros equilibran sonoramente la voz profunda del vocalista y su danza, en estas dos ocasiones limitada por el espacio, proyectan simpatía y amor por la fiesta, haciendo un todo con el cantante.

Punto aparte merece su repertorio. En las tocatas dos canciones funcionan particularmente bien, en consonancia con un estilo montaña rusa impuesto desde los primeros tiempos de Chico Trujillo: “Playa y tú” y “Cumbia merka”, cuyo estribillo versa “quiero que no pare, que siga la fiesta, que siga la cumbia hasta que amanezca”. Son grandes carnes de mambo. “Cumbia revolución” despierta los ánimos por derecho propio (está hecho para eso y funciona perfecto) y “¿Qué nos pasó?” sorprende por su melodismo y su uso de la quena. El cover de “Elsa”, de Los Destellos del Perú, les sale de gran factura y aportan así, junto a otros guiños, a instalar la cumbia peruana costeña y selvática en el oído pachanguero del Santiago actual, escenario impensado hace no más de cinco años, como ya lo hemos comentado en otras entradas.

Ya con todo lo dicho, son varios los elementos que permiten ir delineando a La Jalisco Zapata como una banda representativa del movimiento cumbiero actual en Santiago, tanto por los elementos de permanencia con las otras bandas del lote como por las particularidades que los distinguen. Es quizás en la lírica de las composiciones propias el espacio en que se advierte cierta tensión entre La Jalisco y el contexto pachanguero en que se insertan, y que da cuenta de una cuestión general sobre las temáticas y el tratamiento de las temáticas en el nuevo mambo que prefiero tratar en extenso en otra entrada. Por el momento diré que, sin dudas, el espacio de las líricas es también un espacio de mestizaje e intertextualidad con los otros géneros latino y no latinos fetiches del movimiento, en especial con el ska y el reggae. Y no solo en la exaltación de la pachanga y la marihuana común con, por ejemplo, Santa Feria, que representan tratamientos de libertad y soberanía poética que jamás antes existió en nuestras cumbias, sino en la decisión más firme, en este caso, de desarrollar visiones políticas sobre la vida, la fiesta y el país, perspectivas que en otras bandas quedan o apenas insinuadas o relegadas a los momentos entre canciones en las tocatas y nada más. Y ese espacio temático es, sin duda, otro punto de diálogo con las otras sonoridades y éticas detrás de esas sonoridades.

En ese punto, La Jalisco Zapata se acerca a otras bandas del nuevo mambo santiaguino que no hacen cumbia (en especial, pienso en los excelentes Kitra), lo que puede corroborarse al ver que la mayoría de las tocatas de La Jalisco suelen ser con bandas y en espacios que cultivan de manera particular ese perfil.

La mezcla, el crisol, el diálogo entre voces y estilos, entre permanencias y renovaciones, son constantes de las cumbias en Chile como partes de la cultura híbrida y mestiza a la que pertenecemos en América. Eso se palpa en cada tocata de cada banda buena del nuevo mambo, les surge por los poros, les nace aunque no lo busquen, aunque en general todas lo buscan. Y es lo que ha llenado de música alegre, teatral y pensante al Santiago de la última década, década de oro de las cumbias y ritmos hermanos en Chile.