LAS CUMBIAS EN OCOA


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De más está decirlo, pero los fenómenos cumbieros en Santiago no son los mismos que las permanencias cumbieras de las regiones. El mambo santiaguino no ha logrado salir de Américo Vespucio, más allá de los hits de Chico Trujillo y algún tibio éxito de alguna otra banda y, por el contrario, la capital vino a conocer eso llamado sound cuando ya había alcanzado su cúspide en el norte del país. La nueva cumbia ranchera se impone en el sur no más cruzando el Río Maipo, pero por el Mapocho las radios capitalinas repiten una y otra vez los mismos viejos hits. Los bailes presentan lógicas muy distintas a las fondas permanentes y las radios cumbieras de provincia tienen un alma muy distinta a las de Santiago, por mucho que la Corazón aparezca consistentemente en el primer lugar nacional.

En provincia, las cumbias suelen posicionarse y situarse en el campo cultural con otras lógicas a las que se ven en Santiago.

Ocoa es un sector rural a cien kilómetros de distancia de Santiago al norte, por la carretera panamericana, y a 80 kilómetros de Valparaíso hacia el oriente. Está a medio valle del Aconcagua, en la provincia de Quillota. Al igual que los demás pueblos del valle, representa, e históricamente ha representado, una suerte de límite entre el norte y sus tradiciones y conquistas, y el centro sur. El Aconcagua es la sincrética frontera entre la sequedad y el verdor, el último valle transversal, el límite cultural entre el norte minero y el centro agrícola.

Como a lo largo del valle, en Ocoa suenan muchas cumbias. Suena Chico Trujillo, claro está, y suena Tommy Rey, cómo no. Pero más suena, aún, Alegría y todo el sound, Américo, La Noche (que son sentidos como locales) y, sobre todo, Los Charros de Lumaco, Los Hermanos Bustos y todo el cancionero popular mexicano. Es, como tantos otros rincones del país, un lugar de encuentro entre los sonidos que vienen en caminos opuestos dentro del país.

Los Llaneros de la Frontera impactaron para un 18 hace décadas ya. Más impacto generó cuando Amerika’n Sound tocó en la cancha de Independiente de Rabuco, en el verano de 1998. “Haciendo el amor” había sido un hit en las radios caleranas desde su mismo lanzamiento, mucho antes que se conociera masivamente en Santiago. Lo mismo había ocurrido con Adrián y Los Dados Negros, que nunca fueron a Ocoa pero que llenaron dieciochos y años nuevos con su “Pastorcita”,” Chica Vacilona”, “Maldito licor” y “Traguito de ron” desde el momento en que, en 1993, cruzaron la cordillera para ir a caer en Calama. Y entre medio, el cassette Tropical de Fantasía nos tuvo todo 1995 y 1996, sin respiro, bailando “Cervecita Blanca”.

En un fin de semana pueden convivir sin problemas ni luchas de popularidad, y con todo Ocoa yendo al baile, la technocumbia nortina de Los Maravillosos de Tacna (que por algo hacen todas sus giras, en plural, recorriendo desde Arica hasta justamente Aconcagua) con la mexicanidad sureña de Los Charros de la Comuna de Lumaco: Perú, México, extremo norte, extremo sur y la campesina Ocoa de una vez… ¿cuándo se ve tanto cosmopolitanismo en Santiago?

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Los eventos más cumbieros en Ocoa son las tardes de domingo en las canchas de fútbol, los atardeceres en los restaurantes, como el Tiano y La Playa, y los bailes de rodeo, o de nada, en las medialunas, sobre todo en la de Rabuco. Por supuesto, nunca se trata solo de cumbias. A nadie se le pasaría por la cabeza. Las cumbias siempre conviven con los corridos, las rancheras y, en menor medida, con las cuecas, el rock and roll y algún otro ritmo. Por qué no su axé o su reaggetón envasado. En un beneficio, una banda acumbiaba el “Tírate un paso” de los Wachiturro, ejercicio similar que hacían las agrupaciones carnavaleras en el carnaval 2012 de Putre. Depende de la maestría de la banda que esté en el escenario o del dj de buffé de cancha de ocasión la diversidad que se alcance. Lo central es que todos lo exigimos así: cumbias, corridos y rancheras forman en conjunto el espíritu esencial de los bailes.

El dieciocho 2012 uno de los bailes fue en la ramada del Club Deportivo Estrella de Ocoa con la Sonora Santa Cecilia de Llay Llay. Sonora de la más fina tradición de provincia, graneada en su repertorio, numerosa en los integrantes y con un aguante curtido en decenas de bailes de dieciocho, rodeos y fiestas de clubes deportivos. La noche de 18 comenzaron sacramente a tocar a las 10 de la noche, aunque nadie estuviera aún en los alrededores de la cancha. Era más bien el llamado de campanadas convidando al templo. De a poco los feligrses nos fuimos acercando, tímidamente, a la remodelada ramada.

El escenario puede resultar conocido: un largo y más bien angosto espacio, más espacioso que los locales urbanos sin embargo, limitado por ramas secas de eucaliptus o malla raschel. En un extremo, el escenario con los músicos. En el otro, el buffé con la venta de cervezas, vinos, piscos, rones y bebidas. También completos y empanadas. Por los costados, las mesas y sillas para los parroquianos. En el centro, la pista de baile de piso de tierra.

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La ramada se llenó a eso de la 1 de la madrugada y se mantuvo así hasta cerca de las 4 y media. El público era de todas las edades: bebés en sus coches, niños durmiendo en las bancas, jóvenes apatotados, adultos con sus hijos y abuelos y abuelas con cautas pero entusiastas baterías. La orquesta tocaba cumbias, principalmente, y cuecas,con descansos breves entre cada canción. Todos salíamos a bailar con la alegría borracha de un buen dieciocho, pero respetando, era que no, los códigos de los sacro bailes. Mis amig@s de provincia lo sabrán bien: por alguna fuerza invisible, inmediatamente todos tendemos a ubicarnos armando hileras de baile. Una o dos, da lo mismo, pero hileras. Un orden en la juerga fiestera y borracha. Los pasos de baile son sobrios, especialmente de cadera hacia abajo, con pies que marcan el paso, aunque los hombros pueden tener más libertad junto a los brazos. Los ojos se pasean entre la cara de la pareja de baile y los demás que bailan alrededor, porque es parte del buen hueveo hacer alguna gracia inter-parejas. Las vueltas son siempre por el costado derecho de la pareja y no suelen ser en cualquier momento ni a cada rato, sino más bien en las partes instrumentales, cuando se pasa del estribillo a la estrofa nuevamente. Es chacota pero no es desorden la cosa. Una o dos, a lo sumo tres vueltas y ya está. Los trencitos son esporádicos (excepto que haya una patota de amigos o familiares bailando), pero ese tipo de manifestaciones cumbieras (trencitos, túneles y demases) se reservan más bien para las fiestas puertas adentro. En estos espacios públicos la tendencia mayoritaria es a mantener el estricto baile en pareja y sin tomarse la mano ni hacer mucha acrobacia dancística.

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La Sonora Santa Cecilia era, como decía, perfecta carne de baile, con aguante, como en general las buenas bandas de provincia. Ya lo decía a propósito de la Chimbomband. Los Santa Cecilia partieron a las 10 de la noche y no pararon más, excepto entre canción y canción, sin repetir jamás el repertorio. Simplemente maestros. No contaban con vientos, también muy a la usanza provinciana, sino guitarra, bajo, batería y percusiones varias, electrónicas y tradicionales. A las 5 de la mañana se acordaron del recién fallecido Sapito Livingston y lo homenajearon con un perfecto “Rock del Mundial”, sin baches de estilo ni cansancio en la voz. Resistencia y versatilidad que ya se las quisieran algunas bandas capitalinas. A las 7 pararon solo porque ya podía llegar carabineros y parar ellos la fiesta. Los feligreses que quedábamos éramos pocos, pero entusiastas.

En los bailes de rodeo suelen haber dos bandas, en vez de una que tome todo el repertorio: una de cumbias más en la línea de repertorio sound y sonora, y otra de rancheras, corridos, cumbias rancheras y cuecas. Cada una con sus atuendos característicos y diferenciadores. Muchas veces la agrupación de corridos toma una formación cercana a los antiguos grupos norteños (acordeón, bajo, caja), pero cada vez más se ven agrupaciones grandes, que suman incluso sintetizadores, al estilo de la nueva ranchera sureña.

Las cumbias en Ocoa no son música ni de viejo ni de jóvenes. Ni siquiera La Noche o Chico Trujillo. Quizás la música de origen mexicano marque un poco más una distancia generacional hoy por hoy, pero no las cumbias. Las cumbias gustan (o no) de manera transversal, y son bailadas (o no), escuchadas (o no), consumidas y consumadas (o no) por personas de todas las edades sin distinción. Me atrevería a decir que representan el genuino espacio de encuentro inter-etario de los bailes y de las fiestas familiares, y su gusto se va transmitiendo de generación en generación sin atisbos de agotamiento o pérdida de fuerza. Ningun otro género logra esas amplitud de alcance. Genera, entonces, un espacio para que hij@s y niet@s bailen con padres y abuel@s, para que jóvenes vacilen entre ellos o saquen a bailar a la vecina más viejita. Para que la gente se encuentre en un espacio verdaderamente común e indiferenciado.

En Ocoa, como en todo Chile a su manera, las cumbias cumplen un rol político y social que no se come en ningún ápice su fuerza mágica, convocadora e integradora. Por eso somos felices bailándola, escuchándola y consumándola. Muy felices.