AMÉRICO Y LAS CUMBIAS DESDE PERÚ (2) – LA NUEVA OLA QUE VENÍA DESDE PERÚ


Estanis Mogollón y el Grupo Caliente de Iquitos, imagen tomada desde el blog "Globalizado"

Estanis Mogollón y el Grupo Caliente de Iquitos, imagen tomada desde el blog “Globalizado”

En agosto de 2007 y febrero de 2008 tuve el privilegio de conocer Perú, especialmente Lima y Trujillo. Por armonía cumbiera de la vida, me tocó, entonces, estar en esas tierras en medio de la explosión de cumbia liderada por “El embrujo”, versionada tanto por el Grupo Kaliente, como luego por el Grupo 5, que estuvieron desde esos años sacando un hits tras otro. Entiendo que en los sectores populares de Lima (y de Perú) la cumbia jamás había dejado de estar escuchándose y ofreciendo nuevos artistas y éxitos, pero lo que se vivía en ese 2007 era distinto. El impacto de “El embrujo” era simplemente atronador. Las radios tropicales al fin tenían un hitazo como quizás no lo habían tenido en mucho tiempo y por lo tanto podían programar fácilmente la misma canción cada una o dos horas. No era difícil hacer un paseo por el dial FM (no accedí a radios AM entonces) y encontrarse con que dos o tres emisoras la estaban tocando de manera simultánea. Era extraño, de verdad, escucharla en todos los barrios y a toda hora, en las combis y en los taxis. Los conductores de los programas de farándula se atragantaban para decir que ahora sí la cumbia era querida por todos, que todos se animaban a bailarla, que era un fenómeno transversal a todas las capas sociales. Esto último, por supuesto, era muy importante. Supongo que aseguraba avisadores y permitía ese ejercicio de reconocimiento sin culpa tan conocido acá en Santiago y que, por lo que entendí, también se daba con los grupos medios y altos limeños. Las cumbias no siempre pueden estar en el discurso público de las poblaciones pudientes.

Por supuesto, no conozco todo el proceso limeño desde adentro. Entiendo, obviamente, que no es que de la nada haya salido de pronto una canción y una camada de bandas, casi por autogeneración: todo lo contrario. Quizás venía gestándose en los gustos más mediáticos limeños una aceptación de la cumbia que vino a escalar con mucha más publicidad con el impacto de “El embrujo”. Las bandas que lograron posicionarse en ese boom (Los Caribeños de Guadalupe, Armonía 10, Grupo 5, etc.) eran bandas con años, incluso décadas, de historia, y que venían a representar un estilo menos chichero y cholo de entender y vivir la cumbia: provenían del pujante norte peruano o del lejano Iquitos y, desde mi perspectiva, representaban entonces una versión más blanquiñosa, neutra y reconocible por una clase media, distante, de seguro, de la estética y los valores de la chicha. Lo nuevo era cumbia peruana. Norteña… transversal.

No recuerdo en ese entonces haber escuchado el nombre de Estanís Mogollón ni en las radios ni en los programas cumbieros o faranduleros de la televisión limeña. Los éxitos, eso sí, surgían unos tras otros. Siempre apuntalados por El Embrujo (“Canción del año 2007“, como todos los mencionaban con orgullo durante el verano peruano 2008). Pronto vendría “Te vas”, “Motor y motivo” y “Que levante la mano”, que no es de Mogollón, sino del argentino Alejandro Vezzani, pero que igualmente sonó muy fuerte por esos parajes y que viene a mostrar que un caso como el de Américo no es una rareza en el panorama histórico y general de las cumbias en América, porque bien muchos peruanos darían la vida de seguro jurando que esta canción “les pertenece”. Pero de hecho, algunos éxitos peruanos de la época venían, sin que tampoco nadie lo supiera, desde México. Algo hay en las cumbias que hace que muchos se las apropien. ¿Tanto nos llegan que las sentimos inmediata e inexorablemente locales? En el caso de “Que levante la mano”, la composición argentina fue primero grabada en México, en 2001, y luego en Perú (2006). “A llorar a otra parte” fue grabada en 2005 por el Grupo Pesado, también del país del norte. ¿Se habló de su origen norteamericano en Lima? Ahí hay una constante fantasmal.


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En todos los casos tenemos un estilo homogéneo (aunque a veces el ritmo varía desde una concepción norteña más cancina hacia una selvática más rápida), de orquestación estable (con teclados y metales predominantes, abandonando la guitarra chichera y el sonido más radical del reclado de la cumbia peruana sureña) y sonido pulcro y limpio. No hay excesos en estas cumbias ni nada que se salga de la estética preconcebida. Es, por así decirlo, un estilo de cumbia que odia la sorpresa y la espontaneidad, el fuera de tono y la provocación. Su corazón es la melodía y la voz, ambas en constante diálogo con la tradición baladística del cancionero latinoamericano. El patrón melódico es toda una escuela en las cumbias peruanas y lo podemos encontrar ya en Chacalón, en Vico o en los antiguos éxitos de Armonía 10: estrofas que comienzan sondeando las notas más graves del cantante, para de a poco ( o de salto) subir a las más agudas, con lo que el estribillo gana en energía y dramatismo. Un clásico como “Pagarás” (“El humo del cigarrillo”) presenta esa lógica. “El embrujo”, “Qué hago” y tantas otras, también. Son melodías fuertemente emotivas, con estribillos potentes y que exigen cantantes que tengan un amplio registro, para abordar con sentido cumbiero y baladístico tanto las partes graves como las agudas de las canciones.

Toda esta nueva ola cumbiera que vivió el Perú mediático desde el 2006 hizo correr mucha tinta tratando de explicar el fenómeno (un ejemplo), incluso en medios que uno podría pensar más reacio a hablar de cumbia en sus páginas. EL nivel de popularidad y transversalidad así lo exigió. No pondré ejemplos, con solo googlear aparecen decenas de análisis y estudios sociales y psicoanalíticos, casi. Al igual que con lo que estaba ocurriendo en Santiago por esos años, paralelamente al boom de esta cumbia de estética aceptada por los medios, jóvenes de clase media y alta, universitarios, provenientes de una estética más bien rockera, comenzaban procesos de revisión de los mitos cumbieros de sus vidas: de esas cumbias que en la práctica les habían sido prohibidas quizás en su infancia y que ahora podían rescatar y valorar. Ahora sí. Ejemplo de esto último: el renacer de Chacalón de la mano de Bareto. Son fenómenos paralelos, que no responden, bajo mi criterio, a la misma estética, pero sí a una misma raíz: grupos medios urbanos influyentes en los medios (intelectualmente o por su poder adquisitivo) aceptando, por un momento aunque sea, las cumbias. Los programas televisivos de reportajes se llenaron de informes periodísticos sobre la historia de la cumbia peruana (siempre en singular, siempre limeña y siempre blanca, por supuesto), se le dio sentido a un mito que, digámoslo, el Perú lo tiene adquirido por derecho propio, pero mirado desde la óptica del nacionalismo, del orgullo patrio y de la curiosidad ajena apropiada, cooptada por los medios (un poco como la dizque cultura guachaca chilena de Henríquez y Rojas).

Eso es lo que estaba ocurriendo en el Perú de hace cinco, seis años atrás, con mucha fuerza y mucho revuelo. Así, no resultaba difícil pensar que algo de eso llegaría a Chile, siempre siguiendo la ruta natural: Tacna, Arica, Iquique y norte chileno. Hasta el valle del Aconcagua. Cuando Américo decide reimpulsar su carrera tenía una propuesta neutra estilística e ideológicamente a la cual echar mano. Si había funcionado en Lima, por qué no habría de ocurrir lo mismo en el Chile central. Después de un lustro en aparente silencio, al menos para los oídos capitalinos, Américo volvía a intentar conquistar la capital. Por qué no habría de funcionar esta vez. Ahora sí.