LA VUELTA LARGA A “NUESTRA” CHICHA: NUEVAS REFLEXIONES Y APUNTES A PROPÓSITO DE LA CHICHA Y SU MANGA


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Por algún motivo, constantemente estoy con la sensación de que se me quedan detalles y reflexiones en el teclado del computador sobre los grupos chicheros chilenos en Santiago de Chile. Ya sé que he escrito algo (¿o bastante?) sobre ellos, pero me late que no termina de ser suficiente para enfocar justamente el silencioso proceso que creo observar que está ocurriendo.

Volveré a partir con una idea que ya expresé en mi primera crónica sobre La Chicha y Su Manga [afiches]:hace cinco años comenzó a sonar (¡recién!) en vivo en los escenarios capitalinos un estilo de cumbia vigente en Perú (desde) hace 30 años. Chacalón, Los Shapis, Vico, Grupo Guinda, Pintura Roja son grupos que en Perú hicieron su música (principalmente) en los 80 y en los 90 y se han convertido en el puntal de todo un movimiento musical y social de raigambre profundamente popular y urbana. La chicha fue y aún es un estilo de cumbia despreciado y ninguneado en Perú (aunque entiendo que allá hay una suerte de neovaloración desde círculos medios y universitarios). La chicha fue y aún es un estilo de cumbia discriminado y estigmatizado por ser música de los sectores pobres y emergentes de Lima. Importantes músicos de las otras cumbias, de la “cumbia peruana” como le sgusta verse (¡como si pudiera ser una sola!) aún hoy no le reconocen ningún valor ni sentido estético o musical a esta música de cholos y delincuentes. Y mientras se discrimine al cholo, al ambulante, al migrante, a quienes están en la cárcel, se discrimina el corazón de la chicha. En Perú o en Chile.

¿Es probable que a Santiago nunca haya llegado la chicha, como chicha, antes de youtube y soulseek? Ya sabemos que la trajo el sound, en silencio, que no se notara, aunque terminaron igual de estigmatizados que sus inspiradores cumbieros. Pero en el nuevo mambo comienzan a aparecer tímidamente. Hace cinco años, cuando se crea La Chicha y Su Manga, los djs estaban programando cumbias del Perú en las tocatas, pero principalmente de los estilos costeño y amazónico. Había que ir a Conacín para escuchar, de boca de grupos andinos que tan bien flirtean con la cumbia, para escuchar algo de La Nueva Crema. Y claro, no todo lo peruano es chicha. Pero digamos que en estos cinco años se ha ido instalando una suerte de plato único, en que entra Juaneco, Los Destellos, Los Mirlos, Chacalón y Armonía 10, a veces pasados por relecturas y sedazos (Anarkía Tropikal) o por el mayor o menor respeto al estilo original (Eqeqo, Aurora, Ayawasca y La Chicha y Su Manga).

El hermano migrante peruano ha estado acá hace más de quince años. Ninguneado, esclavizado, su cultura migrante se invisibilizó por casi una década. Pero siempre ha estado ahí, en el centro, en Recoleta, en Independencia, en Estación Central, en la Quinta Normal y en Pudahuel. Y ha gozado su música, porque se la brindado en los espacios que se ha generado. No había que ir a buscar la chicha a Lima: ellos trajeron sus cumbias (de ahora y de antes) y las hacían y las hacen vibrar, vivas y enteritas, en La Conga de Plaza de Armas, en el añorado Caribeña de calle Marín, en el Palacio de San Pablo, en el Tumi de Avenida La Paz, en el… La instalaron , un tiempo corto, en las ondas de Radio Nuevo Mundo. Las disquerías céntricas, tímidas, ofrecían los discos de Los Maravillosos de Tacna. A mediados de 2008, según dice su página, nace La Chicha y Su Manga en medio de esa vida subterránea para los ojos del santiaguino común y silvestre. Solo músicos chilenos (luego se sumaría el gran Augusto Zamora), pero ofrendados a la comunidad migrante. Y en eso, esta agrupación ha sido coherente y persistente. Se postulan como un puente, o más bien como un espacio sonoro para los migrantes en Santiago. Es, a su vez, una reivindicación con voces binacionales.

En general, la vuelta tuvo que ser larga. A los sectores medios y altos de Santiago tuvo que gustarles el ceviche y el rocoto para que de a poco empezaran a mirar hacia el norte. ¿Cuándo la ondera Buenos Aires dejó de ser nuestra capital de turismo latinoamericano y la cambiamos por la moderna Lima? Tuvimos que comer ceviche e ir hasta allá mismo. Los universitarios (algunos) hippies, (otros) pachamámicos y (otros) concientes empezaron a irse mochileando a Arequipa y Cusco, a la amazonía boliviana o, con más lucas, a Máncora o al ecuatoriano Montañita. Macchu Picchu se nos convirtió en la nueva Meca. O mejor Uyuni, en Bolivia, o algún sendero alternativo en el mismo Quilabamba.

Nos sentimos, creemos y queremos ver como americanistas y abajados. Algunos, con un tono burlón y elegantemente discriminatorio, hablan de chilenos que viven como peruanos (a propósito justamente de La Chicha y Su Manga). Tuvimos que dar la vuelta por Perú para ver al peruano.  Y quizás todavía no lo vemos en las calles de Santiago. Esa es la gran paradoja de la chicha en estos lares.

 

¿Y La Chicha y Su Manga?

Todos estos apuntes me vuelven una y otra vez a propósito de La Chicha y Su Manga. O al revés: la Chicha y Su Manga me devuelve una y otra vez a estos apuntes. En estos momentos, 22 de mayo de 2013, la agrupación está partiendo al Perú, en una suerte de gira nacida por invitaciones y contactos. Tocarán en locales y fiestas patronales de Tacna, Arequipa y Cusco. Será una suerte de vuelta, de ofrenda, de hijo pródigo que visita por un rato el hogar familiar.

Los escuché el jueves 16 de mayo en Sala Master de la Radio de la Universidad de Chile. Festival de paradojas. 30 años después de su boom en Perú, la chicha llegaba en vivo a una radio santiaguina a través de una radio universitaria, con público en vivo sentadito en ordenado jolgorio, con un sonido perfecto y transmitido en directo para el mundo. ¿El programa? El mítico Zöcalo Nacional, excelente programa radial que habría nacido, según dice su cortina de presentación, para escapar del axé reinante a principio de los dosmiles. Y ahí estaba, ¡transmitiendo chicha!

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Inevitable, entonces, la pregunta… ¿qué es la chicha en el Santiago de 2013? Un invento, una genialidad. Algo, un otro, muy distinto de lo que solía ser, seguramente. Como las cumbias son de quienes la producen, la difunden y la consuman, llamamos chicha a algo que no es aquello que se produjo, se difundió y se consumó en el Lima de los ochenta. Es una ilusión que sea la misma cosa. Lo nuestro es museo, es vitrina y es fetichismo. Lo nuestro es consumo de grupos medios, informados y concientes, en el que mezclamos cumbia y el ahora arte de los afiches fluorescentes de Elliot Tupac. Es nuestra chicha, in y jamás discriminada. Es nuestra recreación de la vida popular peruana, de los conos y de la marginalidad limeña. De pronto, La Chicha y Su Manga versiona “Tarjetita de Invitación”. ¿Sonó alguna vez Adrián y Los Dados Negros en la Radio de la Universidad de Chile? Tuvimos que dar la vuelta larga para programarla. De pronto Augusto Zamora completa el espacio sonoro con su desarrollado sentido de la animación al más puro estilo peruano. Un chico sentado a mi lado le comenta a su acompañante: es como animador de circo. Ahí hay un cortocircuito con un nervio medular de las cumbias de Perú y que nos llegó junto al sound (por ejemplo en la voz del fundamental Neftalí Pereira). ¿Dónde se perdió esa conexión? El nuevo mambo no tiene exactamente esa figura, aunque algunos se acercan a la función.

¿Qué es la chicha en el Santiago de 2013? Un mito, una comedia. La Chicha y Su Manga toca por más de una hora con su buen oficio de siempre. Desde 2011 las percusiones se han enriquecido con pleno sentido setentero y el bajo ganó un energizante protagonismo, especialmente en el excelente huayno (¿o huaylas?) que interpretaron achichado. Desde mi criterio, les ha costado dar con una voz que recree el ambiente sonoro chichero. Y es que, según mi concepción, la chicha no solo es cumbia + huayno como le suele definir, sino que además es balada latina cantinera. Las guitarras lloran, las melodías se llenan de la nostalgia de la balada popular setentera (y no solo de la línea melódica andina) y la voz de Chacalón o de Chapulín se nutre tanto del huayno como de Germaín de la Fuente, de Rubén Alegre de Los Golpes o de Aldo Guibovich de Los Pasteles Verdes. Ahí hay una vuelta de tuerca por terminar de dar. O quizás no. ¡de veras que esta es otra chicha! Es la nuestra. La de Santiago de los dosmiles.

La Chicha y Su Manga parte a Perú a ofrecer la vuelta de mano. O a contarles, 30 años después, que escuchamos y valoramos sus composiciones musicales. A mostrarles la recreación del espíritu popular urbano por el filtro de la migración, de la modernidad y del mito original que hemos ido creando sobre una serranidad chichera del Perú soñada e imaginada desde el Mapocho, vivenciada en mochileos sacros y experienciales. Es una extraña apuesta. Pero la música está llamada a romper cualquier barrera y a hermanar los pueblos y sus historias. Y en el fondo esta es una clase media santiaguina hermanándose con sus propios fantasmas de discriminación y desprecio, de silencio y ninguneo. Es la reparación de una falta contándoles que sí muchos sentimos vergüenza de aquello. Hay que dar la vuelta larga para decirlo allá. Y acá también, eso no hay que olvidarlo.