BAILANDO CUMBIA CADA CUATRO AÑOS: APUNTES SOBRE CUMBIAS Y POLÍTICOS


LUN 2013 05 12 - Monckeberg cumbianchero encubierto

Las Últimas Noticias, domingo 12 de mayo de 2013, página 24

2013, año eleccionario en Chile. Faltan aún 6 meses para las elecciones presidenciales y congresales, pero el país ya comienza a llenarse de actos de campaña. Y de cumbias en actos de campaña. Como ocurre cada cuatro años. Los candidatos (la gran mayoría de ellos ya en ejercicio) desempolvan sus planos de los barrios de su distrito y la ropa de segunda mano que les permita verse normal. Y se van a las calles, cortan un pasaje, levantan un escenario o agendan una sede social. Comida, challa y música. Baladas y cumbias. Si es de izquiera, cumbias y música andina. Pero siempre las cumbias.

Esta nota no se trata, aclaro desde ya, de la política en las cumbias, sino de las cumbias en la política. El asunto me ha dado vueltas desde los tiempos en que La Sonora de Tommy Rey participaba en la fiesta de los abrazos del Partido Comunista. Luego vendría la asunción de Michelle Bachelet en 2006, en la Alameda, con Tommy Rey  coronando la fiesta. De seguro, decenas de actos de campañas distritales y comunales se han engalanado con cumbias en vivo y envasadas y el espectro político de recepción es del ancho de todo el arcoiris politiquero. Si hasta el dictador Pinochet se dejó ver aplaudiendo alguna de aquellas noches de Festival en que Pachuco y La Cubanacán la rompían en los 80s.

En la actual campaña, ya sabemos de La Sonora Palacios tocando en un acto de Allamand. En la municipal 2012, los Kuatreros del Sur hicieron una “gira política” con candidatos de derecha, material que ellos mismos editaron en una suerte de video promocional. En la campaña de 2009, el precandidato Guillermo Teillier amenizaba su fiesta de los abrazos junto a unos nóveles Santa Feria, aunque ese año en realidad las presidenciales sonaron el ritmo de los ídolos del momento: Américo y La Noche. Américo se fue con Sebastián Piñera, en su proclamación y en su clausura de campaña; La Noche, con Marco Enrique Ominami en La Calera. En las senatoriales de la V región, Américo se fue con Francisco Chahuán; La Noche, con Ricardo Lagos Weber. El año político de Américo había comenzado cantándole a Bachelet en el día de la mujer. Años después le cantaría, para la misma fiesta, a Cecilia Morel. Como las letras de esas cumbias son, en lo explícito, apolíticas contingentes, el vestido calza con distintos cuerpos. Cuerpos no tan distintos, al fin y al cabo.

“Es un trabajo no más”

Quizás la ocasión más bullada fue aquella en que Américo cantó en la proclamación como candidato a la presidencia de Sebastián Piñera, el llamado “Caupolicanazo” por los piñeristas, el 01 de septiembre de 2009. Quizás causó impacto porque, como mencionaba antes, ese mismo año había cantado para Bachelet. O quizás porque los cantantes no suelen aparecer del lado de la derecha chilena, por lo que, cuando alguno se deja ver, la reacción expositoria de algunos medios es con mayúscula.

The Clinic lo entrevistó por dicha presentación y lo presenta como “la sensación tropical del momento”, sin agregar mucho más sobre su música. No era necesario, la mención a “El embrujo” era más que suficiente. Además, de más está decirlo, la nota no se trataba de música, sino de cumbia. De un cumbiero en un acto político. De eso que es también cumbia: dónde está, quién la esucha, quién la difunde, quién la usa. De cómo se le adiciona un valor político coyuntural al trabajo cumbiero, porque está ahí y no está en otro lugar o en ninguno.

Esa entrevista es muy interesante por la explicitación del marco ético e ideológico que regula estas presentaciones. En ella, Américo juega al inocente en relación a la dimensión socioideológica de su presencia ahí. Y es verdad, hasta cierto punto, que nada de esto se trata de cuál es la tendencia política de Domingo Vega Urzúa (el nombre civil de Américo), pero sí se trata de la tendencia política de Américo: el músico (no el que va a votar a la urna) deja que su imagen, que los valores que proyecta, que su impacto mediático, que su ascendencia sobre grupos de fans, se asocien a tal o cual personero político. Américo, el artista, toma entonces decisiones políticas. Bachelet o Piñera también, obviamente, toman decisiones políticas al momento de contratarlo. Salir jugando a que su presencia en tal o cual escenario político no significa nada  es solo un verso discursivo. Es querer ganarlas todas. Es posicionar la contradicción y la indefinición como capital de su carrera profesional. Es asumir, además, que la gente que está ahí, en ese mitin político, juega a lo mismo. Al hacerse el leso.

Bachelet, antes, y Piñera, después, olfatearon con absoluta sagacidad el valor político de Américo y compraron el producto. El producto estaba disponible, y muy conciente de su valor popular: “Piñera se adjudicó que yo cantara para el lanzamiento de su campaña”, explica mercantilmente Américo; “es innegable que estoy en un gran momento de mi música, mi trabajo es potente así que yo creo que cualquiera que quiera hacer o lanzar algo potente me va a utilizar a mí. Es obvio que mi imagen llega a varios sectores y eso los ayuda. (…) Yo no le veo la maldad. Para mí es un trabajo no más”.

¿Quién se aprovecha de quién?

La participación de Américo o La Noche, o la aparición calculada de políticos bailando cumbias en programas televisivos o en actos de campaña, no nace solo por entretener ni menos por visualizar una coincidencia ideológica entre las letras de esas cumbias y la proyección de una candidatura. Esa reflexión habría que hacerla, por si cabe, en el caso de bandas cumbieras que sí desarrollan algún tipo de mensaje político en sus letras y que son invitados a lanzamientos de campaña o actos similares, como uno podría suponer que ocurrió con el vínculo entre Santa Feria y el partido comunista. Sin embargo, también en una entrevista al The Clinic, entrevista que da para otra entrada ella sola, algunos integrantes de Santa Feria señalan que “La gente igual piensa que nosotros somos medio comunistas al haber hecho ese tema (“Don Satán”, dedicado a Sebastián Piñera), y al contrario. No somos de ni un partido político y no tenemos mucha cultura en lo que es política”

En el caso de Américo y de La Noche, el asunto parece tratarse de dos cosas: por una parte, de vender la política como un show, como un festival o como, finalmente, un programa de televisión. Eso fue muy visible en la presidencial-congresal 2009, probablemente la más triste y pobre de las contiendas electorales de los últimos 25 años. Los actos culturales del después senador electo Francisco Chahuán (V región costa) plasman vívidamente esa tónica de farandulización de la política en la que la cumbia cumplió un rol destacado por tener a un representante de primera línea mediática como Américo.

Por otra parte, está en juego el reconocer y aprovechar el potencia popular de las cumbias en Chile. Américo, en particular, era en 2009 popular en dos acepciones del término: masivo y del gusto de los sectores populares. Era, por lo tanto, el vaso comunicante perfecto entre ese personaje llamado político y el público llamado electorado. Un vaso comunicante emocional, desprovisto de discurso político y construido derechamente como apolítico ¡en un miting político! La situación se vuelve así disociada y con paradojales signos de paranoia: lo que más le interesa al político y al cantante es que no aparezca la palabra política, que no se insinúe y que derechamente se esconda cualquiera alusión. Ese es el negocio de ambos. Incluso es negocio para el candidato. La cumbia moviliza la emotividad y es esa emotividad la que se convierte en promesa de campaña de un bienestar mejor. Por otra parte, importa poco para el mismo candidato si el público presente quiere o no votar por él o por otro, incluso si le interesa o no ir a votar. Importa poco su filiación y su coherencia política. Está ahí en cuanto público, en cuanto protagonista de un show. Está ahí porque se necesita generar el vínculo emocional luego con el resto del potencial consumidor electorado. Se necesita mostrar masividad, distracción, evasión. La identificación política es lo último deseado en ese show. El político lo sabe, el cantante lo sabe, el público lo sabe. Américo lo dice con total claridad: “mientras yo no me pronuncie, porque es algo mío, íntimo,yo creo que va andar todo bien. Esas cosas las tengo que cuidar (…) es mi labor como ciudadano,si uno no es todo el rato artista (…) Hay un montón de candidatos a diputados,senadores y ahora es casi obligación de que ellos lleven artistas a sus comunas, de eso tenemos que aprovecharnos nosotros (…) Por eso pedí que Piñera no se subiera al escenario mientras tocaba en su lanzamiento de campaña. De hecho tuvimos que poner un fondo neutro, cuando salí al escenario, para que no me relacionen con él, no queríamos que el show artístico se convirtiera en político”.

Arriba ‘e la pelota

Supuestamente, el vínculo emocional se hace más fuerte cuando el personaje llamado político aparece en una situación familiar que lo muestre común y silvestre, cercano, casi como uno. Aparecer bailando cumbia, entonces, es una buena estrategia, signo de transversalidad y de compartir un espacio. La nota aparecida en Las Últimas Noticias el 12 de mayo grafica a cuerpo completo esta utilización ad hoc de la cumbia.

Día de la madre. Candidatos de derecha en una comuna populosa de Santiago, Cerro Navia. Allamand, candidato a presidente distante y frío, en medio de una campaña por parecer todo lo contrario. Dicen que eso lo ayudaría a buscar votos populares y de centro, justamente los que le faltan. El trabajo sucio lo hace, en este caso Monckeberg, diputado con cara de cuico arrotao. “No me resisto a una buena cumbia” habría dicho al ser pillado in fraganti bailando palmas arriba. Marta Arriagada, la periodista, pone todo en orden y dice que el diputado “se excusó… con cara de culpable”. Todo tan armado y artificioso como cuando Bachelet y Piñera se dejaron ver bailando cumbia uno al lado de otro en la Teletón post terremoto y maremoto de 2010. bachelet, Piñera y toda la high society farandurlera santiaguina. La escena resultaba, de todas maneras, más cauta, pero acá Arriagada se encarga de describirnos muy bien que hubo “menos de cadera, perreos hasta abajo y abrazos” y que habría faltado la piscola. Absolutamente cercano al pueblo. O mejor dicho, del pueblo.

Lo único que queda decir es que eso es también cumbia. El discurso, más propio del nuevo mambo, de que la cumbia tendría una definición política, es más una creación de los últimos años que una constante (y habría que ver si incluso dentro del nuevo mambo es completamente consistente). Las cumbias en Chile han estado muchas veces al servicio de los políticos del momento (casi siempre al servicio del populismo, con cierta tendencia hacia la centroderecha) y la parada más constante de los músicos ha sido la de la desafección política (desde Tommy Rey a Américo). Las cumbias son lo que son en Chile también por eso, porque a la vez que han servido de escena musical para la fiesta en los momenos más duros de la historia nuestra en los últimos 40 años (por lo tanto, como espacio de comunión y de encuentro), no ha molestado al stablishment político y militar, muy por el contrario, y por lo tanto, ha aportado a la mantención de un estado de cosas. En la mentada entrevista a Santa Feria, Miguel Ángel Devia les pregunta si la cumbia funciona como placebo o como detonante del malestar social. “Ambas”, es la respuesta. “Las fiestas se nos van de las manos. La gente es imparable, se quiere liberar, busca cierto placer pero también libertad de gritar, de expresarse”.

El fútbol y las cumbias parecen compartir esa constitución dual, aparentemente contradictoria, en relación a su función social y política en el Chile de las últimas décadas. Cuando uno mira el devenir de ambas industrias, en cuanto industrias mediáticas hegemonizantes, uno puede horrorizarse de pensar que han estado ahí, con sus espacios privilegiados de difusión, para eternizar una atención supuestamente apolítica, especialmente en los grupos populares. Mientras bailemos cumbias y gritemos goles, la maquinaria ideológica para mantener un stato quo está tranquila. Por algo, los políticos se allá y de acá se han metido más o menos en ambos ámbitos. Y sin embargo, a la vez, el fútbol y las cumbias generan espacios de vínculo y de conexión social ampliamente desestabilizadores del modelo imperante, porque a nivel de los grupos sociales, de los consumantes, generan o participan en redes solidarias de acción. Y la solidaridad profunda es altamente peligrosa para el modelo. Me estoy refiriendo a los clubes deportivos y sociales de barrio y sus fiestas bailables a beneficio, por ejemplo. La historia de las cumbias en Chile tiene ese componente ideológico dual. Probablemente por eso esté en el corazón conciente o inconciente de l@s chilen@s. Nos retrata a cuerpo entero. Y eso, los políticos, lo saben muy bien.