AMÉRICO Y LAS CUMBIAS DESDE PERÚ (03) – SU SHOW EN VIÑA 2010


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Viña del Mar, jueves 25 de febrero de 2010. Américo ha dado una vuelta larga en la vida. Más bien ha tenido que darla. Pero esta es su noche. 15mil almas chillarán por él. Solo por él. Y miles corearán sus canciones al otro lado de la señal televisiva. Después de él se presentará Tito El Bambino, quien, de seguro, hace un par de años, quizás meses, ni sabía que existía una fiesta paranormal llamada Festival de Viña. Pero Américo sí lo sabía. Siempre lo supo. Lleva años sabiéndolo. Y deseando estar ahí. Y sufriendo por estar ahí, en el techo del Chile mediático. Toda una vida por esa noche. Y al fin llegaba.

Es difícil saber qué es lo que veían en él los miles de fans que lo aplaudieron a rabiar. Por esos días, desde su consagración radial y televisiva durante el 2009, siempre se destacó su transversalidad social, que Américo llegaba a todos los grupos y personas. En una frase, Américo unía a Chile. Un año después de su noche dfestivalera la prensa chaquetera con ese sueño del éxito y la transversalidad le enroscaría su lujoso departamento en el sector oriente de Santiago. Habría perdido su humildad, insinuaron. Se mareó. Es difícil ser artista popular en Chile y ganar camionadas de dinero. Al menos por un par de años. Y claro, Américo jugaba un rol simbólico de esfuerzo, y lucha “jamás sin descansar”, de insistencia tenaz por surgir. De meritocracia. Un hijo del pueblo (¡y provinciano! como diría con cierta sorna Larry Moe por esos días) que al fin lograba su sueño, un sueño sin trampas, por el camino barroso. En medio del traspaso de mando de Bachelet a Piñera, Américo era el ícono perfecto.

Lástima para Américo que dos días después el terremoto y el maremoto arrasaran también con esa confianza propia de la clase media en el bienestar del trabajo. Todo puede ser de cartón, aunque te hays sacado la cresta trabajando una vida entera. Sin el desastre social del 27 de febrero, pienso que el reinado postfestivalero de Américo habría sido muy distinto. Con otros vuelos.

Pero por ahora nos importa la noche del 25. “El artista más importante de nuestro país”, en voz de Felipe Camiroaga, desplegaba un show que comenzó con la confesión del sueño de niñez: un él pequeñito tarareaba uno de sus hits. No era un viejo hit de Alegría, por supuesto, ni una bachata de esas cantadas con Marcela Toledo. Era “Y hoy te vas”, éxito radial indiscutible y uno de los símbolos, en clave musical, de su proceso de “profesionalización” y blanqueamiento. Y que, casi paradojalmente, escondía una suerte de secreto para sus mediáticos fans santiaguinos: su origen peruano. Como muchas des las canciones que cantó esa noche.

Para ser justos y claros, Américo jamás negó ni silenció que muchas de sus canciones eran del compositor Estanis Mogollón, aunque tampoco dice que es peruano (tal como sí anuncia que “Me enamoré de ti y qué ” es del “mexicano Alejandro Vezzani”). De hecho lo dice con despreocupada nitidez en su show festivalero. De más está decir, además, que hasta el Aconcagua había relativa claridad de que sus hits ya venían sonando en versiones peruanas (vía Maravillosos de Tacna) y, por supuesto, la gente del Norte Grande lo tenía más que sabido. El problema son las capitales. Los medios de las capitales. Cooperativa sí informaba, días antes del festival, que Américo iría a Lima a recibir un reconocimiento de la industria discográfica peruana por la tracalada de divisas verdes que les estaba haciendo llegar desde el Mapocho, pero la actitud de los medios televisivos, sobre todo, era más bien la de un silencio frente a estos temas. Santiago se hacía el loco de que las nuevas propuestas de Américo eran sandías caladas ya probadas en el Rímac. Los medios limeños, por su parte, reaccionan con una extraña y algo forzada ironía que no quiere reparar, por supuesto, en que lo que ahí operaba eran las lógicas del mercado, de los negocios y de los viles dólares. Es curioso que los medios de allá y de acá, tan amantes del libre mercado, no lo consideren en su ecuación cuando de levantar chimuchinas nacionalistas se trata.

El asunto es que a través del Festival de Viña, show televisivo relativamente seguido en Lima, la prensa limeña se dio por enterada de que un cantante chileno triunfaba con “sus” cumbias. En rigor, debe de haber resultado bien sorprendente que una tras otra cada canción que desataba el delirio en el soñado moderno Chile fuera, sin variación, éxitos y más éxitos que ellos habían vacilado hasta el hartazgo años antes. Desconozco si el premio que la industria peruana había dado a Américo apenas tres días había tenido algún impacto mediático, pero la reacción es la de una mezcla de orgullo, sorpresa y un poco de sarcasmo. “Cumbia peruana triunfó en Viña del Mar” destaca Radio Programas del Perú, para comentar que Américo es “un chileno que basa su éxito cantando cumbia peruana”. Frecuencia Latina preparó un gran “Reportaje semanal” para dar cuenta del fenómeno Américo y lo retrata con un orgullo más bien de hermandad.

La nota chauvinista vino de América Televisión quienes, a partir del hecho de que Américo no mencionara la nacionalidad de Mogollón, recrean una suerte de “comentario” venenoso que no aporta en nada a compreder las cumbias, estas cumbias, como singulares instrumentos de circulación entre culturas que luchan por negar todo lo común que tienen. Ni qué decir que asumen como “peruanas” todas las cumbias tocadas en Perú. Y que tanto allá como acá suena, al final del día, un poco irritante cómo es utilizada ¡¡la cumbia!! como escudo de chauvinismo barato, cuando la tónica ha sido la de la estigmatización, el rechazo y el ninguneo.

En Chile los reporteros faranduleros ya habían tomado nota del asunto y mandan una respuesta chilecéntrica y blanquiñosa, que, más allá de las insólitas ignorancias declaradas (¿por qué esa insistencia en señalar que Perú está “al otro lado de la cordillera”?), da perfecta cuenta de cómo la hegemonía televisiva santiaguina aspiracional estaba valorando la cumbia en el verano de 2010 (¿cuánto de eso quedará hoy?). El reporte es una antología de clichés y prejuicios cumbieros.

¿Por qué Américo habrá decidido silenciar, entonces, la nacionalidad de Mogollón? Todo me sugiere que no fue simple olvido ni casualidad. Fue miedo, producto de esa misma lógica enferma de disputa de los bienes culturales que no son de los estados modernos, hijos de las guerras decimonónicas, y que niegan el mestizaje esencial de América Latina. Sueño de niñez, vuelta larga para llegar al escenario que no solo él, sino que toda su generación anheló como lo más preciado y alto de sus carreras… Américo jamás habría puesto en riesgo su noche consagratoria, con ese show tan de estilo internacional, con la peligrosa palabra peruana. Es un sinsentido, pero no dudo que haya ocurrido así. Los valores que transmite con ese show, nuevamente lo decimos, son los valores de una cumbia blanqueada, desprovista a la fuerza de sus ecos y consumaciones populares no mediáticas. Es un show que quiere pensar la cumbia como hermana de la música tropical estadounidense, aquella del gran mercado, más que de las raíces latinas de comercio pirata y feria. Los valores que transmite ese show son los de la clase media que quiere olvidar que fue pobre, los del emprendimiento y de la higiene. Esa misma concepción, conflictiva tanto en los medios chilenos como peruanos en relación a la cumbia, lleva a la adulación momentánea en Santiago y a la sorpresa socarrona en Lima, a amortiguar el factor “peruano” en la prensa mapochina y a amplificarlo en la prensa incaica. Son reacciones propias de dos centralismos altamente discriminadores de las provincias y de las culturas populares, porque sus gentes son justamente de orígenes provincianos y populares y lo quieren olvidar.

Américo tiene que haberse preparado como nunca en su vida para cuando ese momento llegara y jugó con un peligroso criterio del equilibrio: menciona a Mogollón pero no la nacionalidad. Ansioso desde su salida de Grupo Alegría, por allá casi diez años antes, Américo, inteligente, no podía dejar pasar la ola gigante que le estaba llegando calientita desde el norte. Era cosa de tomarla, porque jamás llegarían a los medios santiaguiinos las versiones peruanas. Solo había que ser muy prudente. Su carrera misma, de seguro, ya cargaba las cruces prejuiciosas de venir del sound, de venir de Arica y de ser un moreno de gustos populares. Mucha cruz como para sumar la de reconocer, abiertamente, que sus éxitos los escuchaba desde las radios peruanas. ¡Ay nuestros miedos y dolores! Se cortó el pelo, se compró traje y se armó una orquesta al estilo de su máximo ídolo, Marc Anthony que lo haga ver elegante y profesional. Es raro escuchar cumbia con ese nivel de alta fidelidad sonora y  entrega cerebral y aséptica. El sello de origen vendría, supongo, a empañar el plan perfecto y, como en su etapa en Alegría, no habría problemas en silenciar el origen de sus canciones para que quedaran en cuna de nadie, sin patria y casi sin padre. Y como las cumbias son de quienes las producen, difunden y consuman, el vacío de información no tenía por qué generar un ruido innecesario de explicitar antes de la ansiada consagración. Solo que ahora ya no eran los tiempos de Alegría, si no que los de youtube.

Esa presentación en el festival de Viña 2010 es, cómo dudarlo, un hito en la carrera de Américo. Ese festival lo lanzaría a una internacionalización que, en definitiva, ha llegado de una manera distinta y menos soberbia de la que él mismo declara soñar por entonces. Al final, peor para Américo y mejor para la cumbia. La circunstancia mediática del 2010, o quizás una reflexión más pausada sobre su rol ariqueño dentro del devenir cumbiero en Chile, lo han llevado a una serie de acciones que no dejan de sorprenderme en el marco habitual en que la cumbia televisada se ha movido en el país. Una banda peruana aparecerá en nuestros medios, impensable solo años atrás. ¿Será que Américo ganó una genuina conciencia latinoamericana, aún comercial y mediática, de su carrera? ¿Será que de verdad se miró en la carrera del gran Lucho Barrios y lo tomó como ejemplo? Ya habrá tiempo y circunstancias para comentar todo aquello. P