MAMBO SANTIAGUINO 01: UNA INTRODUCCIÓN PERSONAL


mambo 1

Este es uno de los escritos más ensayísticos que habré escrito en este blog, porque busca, sobre todo, plasmar mi impresión, subjetiva, caprichosa y nacida de la experiencia, de lo que considero y llamo mambo santiaguino. No busca tener una validez general, no busca dar cuenta de un proceso en términos de representación, ni siquiera busca ser verídico en todo lo que escriba, porque algunas referencias son más bien como yo me “explico” las cosas más que como sucedieron. Y eso, porque en algunos casos, no he tenido la suerte de saber, de fuente directa o indirecta, cómo es que las cosas han sucedido. Valga, entonces, este escrito como un borrador y como una provocación. Si a alguien le parece que mi enfoque es completamente erróneo y falso, seré feliz conociendo esas otras posturas y visiones, sobre todas aquellas que apuntan a que no existe ni ha existido nada parecido a un movimiento ni a un estilo ni nada que pueda parecer etiqueta homogenizante.

Partiré, por lo tanto, planteando para el diálogo tres puntos capitales de mi enfoque: a qué me refiero con la etiqueta mambo santiaguino, por qué una etiqueta y por qué esa etiqueta. Sobre lo primero, diré que con “mambo santiaguino” no me refiero [solo] a la cumbia (o a lo que se ha venido llamando “nueva cumbia chilena“, etiqueta que me parece pretenciosa y centralista) sino a eso que ha venido ocurriendo en Santiago, especial pero no exclusivamente en la comuna de Santiago y alrededores inmediatos, y que ha significado, en los últimos 10 años, una nueva escena de música y bohemia nocturna en torno a la re-creación y mestizaje de algunas culturas populares latinoamericanas. La palabra “re-creación” para mí es clave, como explicaré más adelante, pero por lo tanto estoy pensando más en las escenas, en el circuito bohemio, con todo lo que está sucediendo ahí, que [solo] en canciones y bandas en concreto. Entiendo por mambo, entonces, toda  la nueva movida de mambos, carretes, tocatas, fiestas, beneficios, ferias en que un elemento central y cohesionador son las músicas populares: cumbias, cuecas, huaynos, corridos, klezmer, salsa, ska, reggae…

mambo 2

Por qué referirme a eso con una etiqueta. Bueno, entiendo que a los músicos, a algunos al menos, les da miedo, rabia o urticaria saber que han sido encasillados bajo una etiqueta. Especialmente he visto harta reacción frente a la idea de que son parte de “la nueva cumbia chilena”, sea lo que sea que fuese eso, e incluso frente a la aseveración de que lo que hacen es “cumbia”. Lo entienden, y me parece un miedo real, como una manera de (de)limitar a toda una amplitud de bandas y propuestas de manera unilateral, unidireccional y homogenizante en términos de estilo, propuesta y diálogo. A mí siempre me ha llamado la atención la reacción frente al juicio “ustedes hacen cumbia”, algo raro hay ahí, creo, pero en relación a la estandarización de las etiquetas la sospecha me parece pertinente:  no todas las bandas que se han nominalizado como “nueva cumbia chilena” hacen lo mismo ni buscan lo mismo ni vacilan de la misma manera, sobre todo desde una perspectiva temporal. En lo personal, pienso en esta etiqueta como una manera de dar cuenta, pa mi orden mental en primer y último término, de eso que está ocurriendo en la ciudad, como decía en el párrafo anterior. En eso, en esos mambos, hay mucha cumbia, pero no solo cumbia; hay mucho planteamiento político, pero no todos se plantean políticamente; hay mucho local en el centro, pero no todos están en el centro. Hay algo que, siento, está ocurriendo, que muta, que se diversifica, que cambia de colores, pero que es significativamente distinto a lo que mambísticamente parecía ocurrir en el Santiago noventero, y siento que, en esos términos, hay una suerte de lógica y de continuidad entre las primeras tocatas en el Galpón y la Maestra Vida y los actuales Moe’s, Santa Filomena y Club Matadero. Además, con lo esencial que son los músicos en todo eso, no son, necesariamente, los dueños de eso. Las cumbias son de quienes las producen, las hacen circular y las consuman, de tal manera que si como mero oidor, como mero bailante y gozador de eso que está pasando, siento, junto a los demás que solemos encontrarnos en los mismos lugares en mambos más o menos parecidos en sus lógicas de funcionamiento y de sentido, que eso tiene cierta línea de continuidad… cuál es la falta. El mambo es de los músicos y de la gente. Una etiqueta tan potente como el sound fue una creación popular, casi anónima, centralista igualmente, rechazada hasta al artazgo por los músicos de la movida tropical, pero que le dio un sentido de pertenencia, un valor estético y valórico, un objeto de pasión, a toda una multitud que así lo sentía y así lo vivía.

mambo 3

Por último, por qué “mambo santiaguino”. En principio, porque “mambo” me parece una palabra bakana. Es fonéticamente sonora y rítmica, con su juego de oclusividades y nasales – orales. Es percusiva. Y es una palabra de uso habitual en el Santiago actual para referirse a los carretes. Solo que “carrete” me parece de sentido más general y “mambo”, más preciso para este tipo de carrete. Revisando los afiches de estas tocatas, “fiesta”, “tocata”, “pachanga” y “mambo” son palabras que suelen aparecer, sobre todo “fiesta”. Curiosamente, nunca “carrete”. “Fiesta santiaguina” o “carrete santiaguino” podrían haber funcionado con el mismo significado, pero sin la fuerza fonética  y el sentido más preciso de “mambo”. El Costa Azul de Quilicura se denomina “la catedral del mambo” y por algo será.

Un tiempo estuve ocupando la etiqueta “nuevo mambo”, en el sentido de que visualizo este actual mambo como un revivir carretero de la ciudad en término de locales y espacios, como eco del que discursivamente se ha instalado como el gran momento de la bohemia santiaguina: el mambo, diríamos, de los años 50 y 60. Frente a ese mambo bohemio clásico, de vieja escuela, yo me imaginaba este “nuevo” mambo como una reinstalación, como una reapropiación de los espacios públicos de convergencia, 30, 35 años después del golpe fatal de la dictadura. Me imagino, de hecho, que en veinte, treinta años más, miraremos con nostalgia esta escena, esta movida, diremos “en el 2010 sí que habían bandas, todas las noches había algún mambo. La ciudad estaba viva”. Un nuevo mambo en Santiago, como el de los 60, así de potente. Ese era mi sentido de la palabra “nuevo” y, desde esa perspectiva, a veces me gusta seguir manteniendo el adjetivo. Pero también me dio vuelta la idea de que, en términos de este proceso, ¿después de cuánto tiempo algo nuevo deja de ser nuevo? Y resultaba paradojal, además, que musicalmente una tendencia explícita de muchas bandas de este “nuevo” mambo es tener una postura de rescate de raíces. Así, sobre todo en el sintagma “la nueva cumbia”, resultaba que esa nueva cumbia venía siendo más bien la antigua cumbia. Lo “nuevo”, además, puede relacionarse con ciertos discursos ideológicos que no sé si calzan tan claramente con esta movida santiaguina: por una parte, lo “nuevo” tiene relación con el progreso, con una manera lineal de ver la historia y concebir que los eventos recientes son “avances” en relación a los anteriores. La movida tropical, por ejemplo, es una movida cumbiera que calza muy bien con esa mirada de lo nuevo y de la linealidad ascendente. Pör otra parte, aún retumba el concepto “nuevo” como idea de vanguardia, es decir, como la construcción del hombre nuevo. No me atrevería a decir que algo de esa construcción está presente en los idearios de los artistas y del público del mambo capitalino. ¿La Conmoción tendrá un rollo con eso? ¿O Juana Fe? Sinceramente no lo creo. “Nuevo mambo” me gusta mucho, en el primer sentido que le he dado acá, pero para evitar ambigüedad en el adjetivo, lo he ido sacando de mis escritos.

“Santiaguino”, sí, me parece de una precisión no solo léxica sino geográfica y política justa y necesaria. Lo peor de la etiqueta “nueva cumbia chilena”, desde mi perspectiva, es la intención o ilusión de representar a “la nación”, un bailemos todos de Arica a Magallanes. Esa es definitivamente una mirada desde el centro, santiaguina, para algo que principalmente está ocurriendo acá, en las comunas del gran Santiago. Quizás en Valparaíso esté ocurriendo algo similar, pero, como tanto en cumbias como en cueca, tiene sus características propias y locales y será, por lo tanto, no lo dudo, un mambo porteño. Y que Chile esté haciendo una nueva cumbia… al menos radialmente, más allá de Chico Trujillo, el asunto no ha prendido. Y las provincias, además, tienen culturas mamberas, sobre todo cumbieras, diversas, más ricas y arraigadas que las santiaguinas. No necesitan en estricto rigor de una nueva cumbia.El término de pretensión nacional  me parece, por lo tanto, exactamente eso: pretencioso y maquinero. En fin. Me gusta precisar que esto ocurre en Santiago, en sus calles, en sus lógicas de barrios de carretes, de suburbios y de galpones y peñas reconvertidos para mambear, y como eco de una historia: de una supuesta vida bohemia que se fue (¿todo Santiago mambeaba en los cincuenta? ¿los grupos populares y de pobladores también? ¿o es más bien un discurso de grupos medios y acomodados extendido como general?), y con una historia previa de muy poca cumbia, de pocos espacios de carrete, más allá de las discos y el barrio Suecia, y donde las cuecas, las cumbias, la salsa, el reggae y el ska habían estado más bien marginados, estigmatizados o moviéndose en circuitos de iniciado.

mambo 4

Es rico el fenómeno del mambo santiaguino. Es rico, es complejo, es excitante de vivir y de gozar en vivo y en directo. Merece cronicarlo. Me cuesta creer que en otro momento haya habido tanto músico, tanta banda, tanta creación dando vueltas por las noches de la capital. Tanto diálogo entre estilos. Tantos lugares para mambear de martes a domingo. Es una manera de ocupar, de habitar y de consumar la ciudad que viene ocurriendo, que está ocurriendo, y que de seguro dejará unas huellas de fuerte retumbe para lo por venir. Por eso me interesa escribir sobre eso.