UN BAILE DE 18 EN EL MELÓN CON INFIELES Y AMAR AZUL


benny

Esta noche de 19 de septiembre de 2013 partí junto a mis amigos a El Melón, a la dizque fonda “La xuxá de Benny” en el patio techado del liceo Felipe Cortés. La gran atracción: la presentación del grupo argentino Amar Azul. La ocasión me permitió, además, volver a disfrutar de una banda de aquellas que están hechas para animar toda una noche de jolgorio. De esas con sangre y carne de baile provinciano, con luces encendidas y mesas en los costados. Infieles se llamaba. La noche de giesta tuvo así dos partes dignas de registrar.

 

Infieles

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Jamás me cansaré de admirar a esas bandas que son capaces de tocar dos, tres, cuatro horas en los bailes de provincia: rodeos, aniversarios de clubes deportivos, 18s, años nuevos, matrimonios… Dos o tres horas sin que se repita el repertorio y, por lo tanto, dos o tres horas en que la habilidad para mantener el ánimo arriba, las ganas de volver a bailar y levantar las palmas responden a un arte de pirotecnia y a mucha cumbia por las venas.

Estas bandas tienen que, por una parte, vencer el orgullo de quizás no poder presentar con toda la fuerza que quisieran el material propio que a veces generan en pos de un repertorio más probado y seguro. Pero, por otra parte, tienen que afrontar el importante desafío de hacer sonar, de manera homogénea y coherente, un extenso catálogo de cumbias y no cumbias de géneros y orígenes a veces disímiles. En eso, Infieles, la banda local en esa noche de fonda, alcanzaba importantes cuotas de calidad.

Lo suyo era, eso sí, la cumbia. Al menos esa noche no se movieron por distintos géneros, como sí lo hacen otras bandas de baile extenso, tal como lo comentaba a propósito de Sonora Santa Cecilia el 18 pasado, que se movía con relajo entre la cumbia, la cueca y el rock and roll. Por el contrario, Infieles llevaba a su terreno otros estilos y los conjugaba de muy buena manera. Desconozco, por ejemplo, si es propio de ellos, pero en medio de la noche se mandaron un mix cumbiero de Los Vásquez que funcionaba a las mil maravillas, aunque estuvieran versionando “Miénteme”. Palacios, Viking’s, el repertorio peruano, colombiano y mexicano clásico, algo de sound y algo de cumbias rancheras, Américo, se entremezclaban con absoluta unidad de estilo y, sobre todo, con total energía y convicción. Detalle al margen, pero la única huella de que el mambo santiaguino algo ha trascendido fuera de la cuenca del Mapocho fue, esta noche, la versión de “Loca” de Chico Trujillo, junto a “La Escoba”, cuya masividad se las atribuyo a ellos igualmente, y a “Callejero” de Juana Fe, de la mano de “Las seis” de Joe Vasconcellos. Y nada nadita más.

Cuando ya los que repletábamos el Felipe Cortés empezábamos a impacientarnos por la demora en la salida de Amar Azul, a eso de las 2 de la mañana, Benny solo atinó a mandar a Infieles a salvar la situación, lo que lograron hacer con mucho aplomo. Como maestros, se lanzaron una versión de “Lupita” de un cuarto de hora que incluyó todas las mañas y pillerías que una buena banda de baile debe ostentar en el momento exacto: trencitos, eo eo eos, hagan una ronda y demás artimañas. Pero para que eso funcione, hay que tener un carisma especial, y el vocalista de Infieles tiene carisma y tiene presencia en el escenario. No a cualquiera le resulta acallar pifias furibundas. Infieles puso ritmo, puso energía y puso ganas y lo logró. Para eso hay que haber crecido escuchando cumbia y queriéndola de verdad.

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Amar Azul

Amar Azul es de esos fenómenos populares de las cumbias en Chile que los medios y gente no cercana a la movida cumbiera demoran siglos en percibir en su real magnitud. El anuncio, por ejemplo, los señalaba como “los triunfadores de Dichato 2013”, nada más innecesario para un público que no los vino a descubrir junto a Mega, sino que los ha seguido desde que sus discos comenzaron a sonar en Chile a principios de los 2000. Amar Azul ya entonces llenaba estadios, sobre todo de Santiago al sur, casi no sonaban en las radios (quizás en la Nina), pero sus discos eran grandes éxitos y llegaron a grabar un en vivo exclusivamente chileno en 2002, con una gran presentación en Talcahuano. No iba a ser la tele, ahora, la que nos convenciera de ir a gozar con Amar Azul.

Hasta que aparecieron en escenario, a eso de las 3 de la mañana, el baile se había mantenido en el estricto canon de los bailes de provincia: todos bailando en parejas, sin casi mirar el escenario, intentando ir a la mesa a tomar algo entre canción y canción. Intentando, digo, porque el reciento estaba sobrevendido y se hacía casi imposible moverse de un lugar a otro. Todo se trastocó de manera radical cuando apareció Amar Azul y el asunto tomó el tono característico de una tocata, casi como las del mambo santiaguino. Eso ya no era un baile, era un concierto. Desaparecieron las parejas y todos miramos al escenario, para seguir bailando con los músicos. Solo se los miraba a ellos. Muchos se subieron a las sillas y a las mesas, comenzaron algunas peleas y la cosa se desbordó por instantes. Me imagino que nada del otro mundo para Miguel Ángel D’Anibale y sus cumpas.

Con cierto sentido del espectáculo y economización de sus recursos físicos, hicieron destilar todos sus éxitos en 45 minutos casi de cumbia continua, de tal manera que después de ese rato no había muchos más canciones que exigir. Fueron, hay que decirlo, 45 minutos de mucha intensidad, en que el sonido idéntido al de los discos funcionó como garantía de calidad y autenticidad, a pesar de los problemas técnicos producto de los cables desconectados por todos los que se subían al escenario a besar a la suerte de ídolo que esa noche era D’Anibale. En el escenario había una fiesta aparte.

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No cabía más que disfrutar, entonces, el gran sentido melódico de Gonzalo Ferrer, capaz de generar una y otra melodía ya parte no solo de un repertorio esencial cumbiero, sino de un ambiente, de un sonido, de una suerte de melancolía por ese estilo de cumbia. Aunque ellos sigan vigente, para mí escuchar Amar Azul es devolverme, más que con cualquier otra banda de la época, al 2002, al 2003, al 2004. Si tomo, me pierdo… es que no puedo parrar… Son acordes, estribillos y melodías que me devuelven a instantes, a situaciones, a emociones específicas vividas entonces. Es esa capacidad que no toda banda tiene de marcar sonoramente alguna etapa y, por esa vía, casi inconsciente, volverse netamente un clásico y verdaderamente populares. Amar Azul definitivamente lo son.