MAMBO SANTIAGUINO 02: LOCALES


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Tal como lo comento en la entrada introductoria, creo que lo esencial de todo este nuevo mambo santiaguino que se ha venido desarrollando desde la década pasada es su escena: la apropiación y la reivindicación de la ciudad (Santiago) y de la noche. En definitiva, de la fiesta en la ciudad. Esta apropiación y reivindicación está construida, como pieza de lego, de muchas fichas y niveles que fueron encajando, que fueron quizás moldeándose algunas con otras y descartándose también con algunas otras más. Pienso, por ejemplo, en el encuentro más o menos feliz entre cumbias y músicas andinas, en sus amplios sentidos, lo que ha dado paso a diversas experiencias de tomarse la ciudad, tanto en locales como en espacios públicos; pienso también, por el contrario, en la mixtura jamás resuelta del todo entre cumbias y cueca, a nivel de tocatas, de públicos y de discursos, aunque algunos grupos como La Color insistan en la mixtura. Las capas de la escena son muchas, son puntuales y generales, son personales y son grupales, son exploraciones y son imposiciones, pero creo que el hilo conductor es una generación que venía creciendo durante la primera década del siglo y que quería relacionarse de otra manera con Santiago, con el festejo, con el encuentro público y con los recorridos en la ciudad.

 

EL GALPÓN VÍCTOR JARA

La historia del mambo santiaguino ha estado construida en espacios cerrados y en el espacio público. Más en los primeros que en los segundos, pero estos, por la importancia simbólica que tienen y por contraste a una anterior imposición de los espacios públicos de carácter oficial (las viejas “fiestas de la ciudadanía” de Lagos, por ejemplo), han cumplido un papel fundamental en la armazón del relato. Apropiarse de la ciudad ha significado apropiarse de las calles y eso ha ocurrido en forma de comparsas y pasacalles que, en ocasiones, parecen revivir una tradición de ánimas en día claro y en otras parecen un trasplante de otra cultura con una mirada urbana, laica, casi profana. Una representación.

No obstante lo anterior, el mambo santiaguino ocurre, sobre todo, en espacios cerrados. En decenas, quizás cientos de locales, galpones, bares, peñas y sucuchos varios. La gran mayoría de ellos ubicados en el centro de la ciudad: en el eje Yungay-Plaza Brasil y entre las paralelas Loreto y Pío Nono, en Bellavista. Esa concentración, sin embargo, no es exclusiva y en los últimos años se ha expandido, con cierta timidez quizás, hacia La Florida, Peñalolén, Pedro Aguirre Cerda y, sobre todo, al barrio norte de Recoleta, Conchalí y Quilicura. Hasta Vitacura pololeaconvenientemente con el concepto, aunque no puedo dar cuenta del local porque jamás he ido, hasta el momento, al club Amanda. Pero lo cierto es que están principalmente estos locales consuman el mambo y la fiesta en las añosas calles del centro, reinventando la bohemia y la circulación callejera tan aletargada por años en la gran ciudad.

La vida de muchos de estos ha sido permanecer, transformarse, tener vidas largas o tan solo momentáneas o simplemente cerrar, y podríamos hacer una bella lista de lugares emblemáticos donde algo o más que algo ha ocurrido alguna vez. Probablemente el más emblemático de todo sea el Galpón Víctor Jara, suerte de meca de todo el mambo santiaguino, más allá de ritmos musicales, estilos, precios o fines. Pareciera ser que otros lugares le ganan el privilegio de ser “donde nació todo”, por si por eso se considera a aquellos lugares donde empezó algún día a presentarse Chico Trujillo (Batuta y especialmente Maestra Vida); pero por masividad, ubicación, simbolismo inherente y amplitud de públicos y géneros, el Galpón es claramente el local por antonomasia de toda esta movida. Es, por lo mismo, el espacio que mejor define la lógica de encuentro y circulación del público del mambo santiaguino: en primer lugar, ubicación frente a una plaza, donde ocurre la previa y donde se desarrolla el post evento. Otros locales dan derecho a una calle, pero la plaza genera, ya en el espacio público, una suerte de proyección natural y colectiva del mambo. Quedará en los registros bellos de la ciudad la madrugada (¿o fueron más de una?) que la Banda Conmoción terminó  su presentación en el Galpón saliendo directamente a la plaza, para seguir ahí un buen rato más con su comparsa. En otros momentos, algún pasacalle barrial ha concluido en el Galpón al caer la tarde. Y cuando el Galpón abre sus portones de par en par, el espacio interno se relacionaba de manera directa con la plaza, como aquellos antiguos miércoles de cueca brava.

En segundo lugar, el espacio interno proyectó una manera de vivir el mambo que funcionó como modelo para otros locales. Primero, un pequeño espacio de entrada, normalmente estacionamiento de bicicletas; luego, el gran galpón propiamente tal. Sobre la entrada, una suerte de segundo piso en que quedan rastros de viejas graderías y desde donde el dj de turno domina la escena. Abajo, a la derecha, el bar; al frente, el espacio bailable que fue abandonando sistemáticamente las graderías que alguna vez tuvo. Al fondo, el escenario, siempre más grande e imponente en el show de lo que realmente era. A veces, sobre todo años antes, en la pared izquierda se proyectaban videos y documentales, muchas veces durante el show. En definitiva, un gran espacio sin separaciones internas, todo destindo para posicionarse hacia el escenario, lo que determinó que las noches de mambos se volvieran, sobre todo, noches de tocatas, con una relación muy especial y cercana entre los artistas y el público, físicamente ubicado hacia ellos.

El Galpón fue literalmente perseguido porque misteriosamente proyectaba un peligro político para la Municipalidad de Santiago: en un primer sentido, el de la gente viviendo la ciudad de martes a domingo. Eso para gobiernos conservadores y dizque progresistas es una amenza constante. Pero en un sentido más exacto, el Galpón era continente de manifestaciones muy disímiles entre sí que, de seguro, resultaron inexplicables e indescifrables para la oficialidad, que solo quiso ver en él “ruidos molestos”: qué hacía la cueca brava de la mano del klezmer, del teatro, de las cumbias que sonaban a Perú, a Colombia, a un Santiago extraño e interrumpidas por gritos de liberación al mapuche preso, de los tinkunazos, del ska, del reggae, de la creciente salsa santiaguina y porteña, de la tímida murga uruguaya, del corrido punkeado, de la nueva trova, del hip hop, del folclor y de un velorio histórico al alma inmortal del mismísimo Víctor Jara. El Galpón era peligroso porque se proyectaba con la plaza e instalaba el mambo, el nuevo aire de carnaval urbano y laico, en el corazón de Santiago, con su vendaval de música, de gentío, de borrachera, de marihuana y de estilos heterogéneso que lo volvían imposible de asir, de prever, de calcular. Peligro vivo para los de la ratonera.

Lo terminaron cerrando. Tarde, diría yo. La misma Corte Suprema tuvo que ir a cerrarlo. Pero, sin querer sonar pomposo, su efecto ya estaba diseminado y su estampa vibra en cada nueva noche de mambo en la ciudad, porque sin el Galpón no habría habido nunca mambo. O sería otra cosa muy distinta a lo que ha resultado ser.

 

FONDA PERMANENTE LA POPULAR

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Este 03 de noviembre de 2013 la Fonda Permanente ha anunciado la ubicación de su nuevo local, después del cierre de su guarida más estable en Loreto 369. Ahora el mambo permanente se viene en Agustinas con Cumming, en pleno barrio Brasil, y queda por ver cómo se teje ese nuevo capítulo de integración con la ciudad. Lo que sí ya está claro es que el concepto Fonda Permanente es el que más ha dialogado con diferentes barrios, siempre en el eje central de Santiago: Serrano 444, un breve paso por San Diego 1130 (donde ahora funciona con regularidad Comercio Atlético) y Loreto. El espacio más popular es sin duda el de Recoleta, tanto que en su última época prácticamente ni precisaba de publicidad para sus tocatas y mambos. Espacio pequeño y con esa estética porteña, de viga al aire que da cuenta de antiguas separaciones de habitaciones ya inexistentes, la hacían hermana de otros locales de estética similar, como la Peña del Nano Parra o Conacín o, incluso, el Bar Santa Filomena. La inmediatez con los grupos de la noche era absoluta y, sobre todo, sudada, a un mismo nivel y en un mismo jolgorio. De seguro, ese elemento, junto a sus terremotos a costo, le dieron el sello imprerecedero de su fama.

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Con todo así, la Fonda Permanente La Popular ha graficado en sus cinco, seis años de historia las tensiones y las tentaciones en que el mambo santiaguino se ha movido justamente a partir de 2009, cuando ya  hay una escena más o menos instalada. Tenciones compartidas entre la escena y las bandas. Hasta entonces, a las agrupaciones poco les interesaba grabar y a los locales poco les interesaba la masividad. Pero algo ocurrió entre 2010 y 2011 que tensionó el mambo hacia una mayor exposición. Y claro, finalmente, para los dueños de los locales, para quienes producían y para un número creciente de bandas, esto quería tratarse de una manera de ganarse la vida. Y por qué no. ¿Cómo hacerlo para que todo el espíritu del mambo no se fuera al carajo? Esa tención fue patente en esos años y creo que, por entonces, algunas lógicas instaladas desde 2003 se rompieron y recién en este último año se vuelven a equilibrar. Quizás los cierres del Galpón y de la Fonda también han aportado un poco en eso. Pero, no sé, la primera vez que vi esos afiches gigantes de la Fonda Permanente en la Industria Cultural, con bandas invitadas como ¡Los Tres! con centenas de personas haciendo una fila de concierto, con entradas compradas en ticketmaster… o en Matucana 100, en el centro de la oficialidad de las políticas culturales oficiales, algo de la ocupación del mambo en la ciudad entraba en conflicto. ¿Era una nueva etapa de esa reivindicación del espacio público? ¿O era un apurarse, un querer correr más rápido de lo que la instalación de la escena precisaba?

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Para mí, el concepto Fonda Permanente siempre será el llevado a cabo en Serrano 444, por allá por 2009. Uno entraba a una vieja casa, ya convertida hoy por hoy en gran torre de departamentos, y de inmediato pasaba a un largo y estrecho patio interior en donde estaba asentada la fonda propiamente tal, con sus terremotos, sus cervezas, con sus empanadas y con sus choripanes a carbón vivo. Al fondo se abría un galpón, inesperado para la arquitectura del local, amplio para bailar y presenciar las bandas. El corazón era ese espacio abierto a la noche; ese patio, era, en mi concepto, llevar la plaza, la calle al interior del mambo y cumplía, desde esa perspectiva, un rol esencial de estar afuera pero adentro de la tocata. Mi recordado Romerito (el ex Abasto, en Nataniel) cuenta con la misma posibilidad arquitectónica, con ese gigante patio interior que ofrecía aire y noche a cielo abierto. Lo mismo el esencial e intenso Cueto con Andes, donde sobre todo su concepto de “galpón” estaba llevado a un potente extremo en su sala de tocatas reducida a una madriguera y donde el patio cumple una función tan esencial para la socialización.

Esa Fonda artesanal de Serrano 444 era claramente un primer experimento, una suerte de ensayo para lo que vendría. También lo era la obligatoria progrmación de cuecas en medio del mambo cumbiero. Quizás fue un camino sin salida que en ese entonces tanteó el mambo santiaguino, el de la mixtura radical, para de inmediato dar marcha atrás y tomar otro sendero, el de la mayor especificidad de estilos en cada local (las cumbias acá, el punk allá, las cuecas acullá). Quizás de la experiencia de ese experimento, no continuado, nacen los Comercio Atlético, los Club Matadero y los Bar Victoria. Quizás esa mixtura jamás iba a dar nada perdurable. Pero el intento fue honesto y fue laborioso. Cueca y cumbia en una sola noche. Eso sí habría sido un sello definitivo de un mambo santiaguino. Pero Santiago mismo sabe por qué al final no se dio así.

 

MAESTRA VIDA

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En términos de recorrido por la ciudad y de historia, probablemente la Maestra Vida sea un local que está más allá de lo que he venido conceptualizando como mambo santiaguino. En rigor, es como su padre. Pensada seguramente para un público bohemio con un poco más de lucas que el parroquiano habitual de la Peña del Nano Parra, del bar Raíces o del Galpón, suele manifestar, en términos estrictos, mayor diversidad que otros locales, con sus hermanos centroamericanos y caribeños bailando salsa y son y sus gringos buscando una latinidad perdida en Santiago.

Dos cosas vuelven importante a la Maestra Vida, incluso más allá del mito (o realidad) de que ahí nació Chico Trujillo. En primer lugar, la Maestra Vida conceptualiza, antes que el Galpón me atrevería a decir, la noción de vivir la ciudad de noche toda la semana. Es un espacio bohemio por antonomasia, con su vibra sensual y misteriosa. Y es el espacio de música en vivo martes, miércoles y jueves en el centro de la ciudad, en medio de toda la vieja onda noventera de discothèques de público segmentado. Maestra Vida es, así, no simplemente una salsoteca que presenta bandas en vivo: conjuga con todo un sello propio esas dos caras que dan cuenta de una necesidad latente por instalar la noche en la ciudad desde hace ya más de una década. Si Chico Trujillo nace ahí es por eso y no por una casualidad. El local hace a la banda y no al revés.

El otro aspecto que me parece clave de este local es que en ningún otro las bandas sonarán tan bien y potentes como en la Maestra Vida. El espacio reducido funciona como perfecta caja de resonancia, el escenario inmediato genera la cercanía propia del mambo. Todo eso puede ser compartido con otros lugares, Pero en ningún otro lugar se disfruta tanto sonoramente a la Conmoción, a Santa Feria, incluso a Villa Cariño. Eso sumado a una intensa diversidad de propuestas musicales ( a veces en la línea de experimentación y fusión no tan propia del mambo) y de discurso político progresista  (más explícito que en el mismo Galpón de parte de los dueños), instalan a la Maestra Vida como un espacio importante dentro de la escena. Con un estatus diferente, seguramente, pero en los mismos recorridos de la ciudad y ejemplo vivo de un Santiago que se tensiona de noche, que palpita aun ritmo distinto y que cuenta con sangre más roja y caliente que la que la ciudad se permitía hace diez años atrás.

 

CONACÍN

Traigo a colación este local de Nataniel, a tres cuadras de la Moneda, porque representa para mí el espacio más escondido y sorprendente del centro. Es como la vida misteriosa y sorprendente dentro de un cité amplio y espacioso pero que solo se conecta con la calle por una desapercibida puerta angosto (o lo era, aunque con el cambio de administrador de hace unos años ha mantenido una vida silenciosa y permanente). Y si bien en él se han presentado bandas de cumbia urbana, Conacín es el corazón de los tambos andinos en Santiago. Es el corazón de los tinkus, de las sayas, de las cumbias ahuaynadas y de los alegres huaylas. Ir a un tambo a Conacín es siempre una experiencia familiar y emocionante. Local pequeño, de vida al aire y escenario a nivel de piso, con mesas y asientos, siempre está visitado por gente migrante y de edad más adulta de lo que uno encuentra en los locales típicos del mambo. Y ahí está Manka Saya, Khatari, Ilpa Kamani y la cumbia chicha  de las agrupaciones locales. La impresión que da entrar por primera vez y ver a la gente bailando caporal, ahí, a tres cuadras de la Moneda, en un local de entrada estrecha y de apariencia piolísima en medio de una cuadra más bien oscura, es alta y se graba en la memoria. Las luces prendidas le dan el aire sincero a baile de provincia. Si la fecha es de carnaval, el tambo se traslada al Cerro Blanco Apu Wechuraba, porque Conacín es como su eco en la ciudad, lugar de encuentro de personas invisibilizadas en el día a día. Incluso en la oficialidad del mambo santiaguino más prototípico.

Incluyo a Conacín en esta revisión de locales del mambo porque, a su modo, la historia y la carga simbólica de este local se encuentra con una historia de los nuevos recorridos en la ciudad que se instalan en torno a la nueva fiesta, siempre alegre y con idea. Conacín existe de antes y de seguro existirá más allá del mambo, o no; de hecho, su vida y persistencia ha ocurrido en paralelo. Pero esta nueva ocupación de la ciudad y de la noche que llamo mambo está hecha por ese recorrido central que significa el Galpón, la Fonda, la Peña, y el Bar Las Tejas, y por estos recorridos alternos, aún más alternos que los anteriores, de sello único. El Club Matadero, el mencionado ex Abasto, La Casa de Asterión, los locales tránsfugos de calle Santa Elena, la casa ocupa de La Máquina / Libereco, la casa Bolívar. Decenas de espacios que han ido surgiendo, a veces desapareciendo, y que, más allá de cumbias o cuecas o lo que sea, significan un esfuerzo por agrandar la noche, ampliar los espacios de música crítica y más o menos anticomercial, los espacios de encuentro, de baile,  de sudor, de emborrachamiento, de reflexión y de contacto. Decenas de espacios para que las personas, l@s habitantes de Santiago, se encontraran y consumaran música y bohemia, ciudad y ruidos subterráneos, ecos de quizás dónde y cuándo.

En definitiva, todos estos espacios dan cuenta clara de que l@s santiaguin@s  (es decir, quienes viven en Santiago) sí comenzaron a querer vivir en la ciudad y quisieron apropiársela y la quisieron bailar y recorrer. En las calles o en los locales. No al son de las fiestas oficiales cada 11 de marzo. Por eso, más allá de los estilos, es la instalación de un mambo santiaguino. Y eso no existía hace 10 años. Y eso lo hacen las gentes.