LA RUEDA EN ESPIRAL DE ANARKÍA TROPIKAL


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Ojalá todos los que gozamos y seguimos las cumbias por este lado del mundo hayamos podido ver una presentación de Anarkía Tropikal de esas de hace cuatro o cinco años. Podían choquear un poco, ¡pero qué bueno y desafiante era verlos! Incluso en lo personal me molestaban su resto, porque mezclaban una fuerza innegable y dosis gigantes de imaginación con momentos de provocación y de desmadre que muchas veces me parecían gratuitos, voluntariosos y sin sentido en el devenir de las cumbias. La idea, un poco odiosa y un poco cierta, de que ser cabro y hacer cumbia podía ser leído como un acto choro y rebelde, aquellas presentaciones de Anarkía Tropikal la potenciaban con sentido impúdico y, según mi visión de las cosas, sin preocupación o cariño definitivo por las cumbias mismas.

Presentación a presentación, experiencia tras experiencia, vuelta de la rueda tras vuelta de la rueda, mi percepción de ese trabajo y ese trabajo en sí mismo han cambiado mucho, siendo aún el mismo trabajo provocador y explosivo. Tanto que hoy por hoy ver un show de Anarkía Tropikal, o escuchar su último disco, me parece ya no una gran idea, sino una obligación cumbiera.

No escribiré ni madurez ni progreso ni consagración, todas ellas palabras sin sentido en esta historia y que proyectan una visión lineal. Acá la palabra la encontró justamente uno de los propios integrantes de Anarkía Tropikal en su blog: rueda. Y yo la haría jugar con la palabra espiral, porque el trabajo sonoro y ético de los integrantes de Anarkía Tropikal cambia sobre su propio eje, retoma viejos elementos para modificarlos, resignifica valores permanentes a la vez que genera nuevos espacios estéticos. Tiene los claroscuros cíclicos del día y de la noche, las certezas y las ambigüedades de quien gira y gira sobre su punto, sin que eso signifique jamás quedarse pegado.

La Venganza de los Brujos sintetiza toda esa majamama. Majamama de intensa y potente cumbia.

Menciono de inmediato que, claro, en Anarkía Tropikal, la cumbia siempre ha sido solo una parte, quizás la mitad, de su sonoridad. Es, soy sincero, de la mitad de la rueda de la cual puedo hablar. No tengo la más mínima idea sobre los tonos que toma el diálogo de la banda en relación al punk y al rock: simplemente no es mi mundo. Lo que sí he notado es que, en estas vueltas de espiral, la banda se ha ido sintiendo más cómoda en las aguas de las cumbias y han sido esas sonoridades las que han ido plasmándose con más fuerza y sentido en su trabajo.

Los cauces de ese río pueden ser muchos. El principal: las cumbias son el gran abrazo que nos podemos dar en América desde México hasta la Patagonia y entre mestizos, afrodescendientes y pueblos originarios. Las cumbias dan espacio a todas las voces, todas los sincretismos, todos los discursos, en un juego de diversidad sonora y espiritual sin fin. Supongo que es, entonces, en ese río lleno de afluyentes, de brazos y ramales, en que la propuesta de Anarkía Tropikal cobra sentido, ocupa un espacio. Se consuma.

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Las cumbias beben del agua de la migración y del constante movimiento humano. Entonces Anarkía Tropikal partió, hace un par de años, panamericana al norte, para hacer girar la rueda. Las cumbias beben del agua de la experimentación y del juego de sonoridades. Entonces Anarkía Tropikal se abrió a explorar mestizajes tímbricos ya de larga tradición en América. Y por supuesto, por lo mismo, no inventan la pólvora al intentar generar un diálogo entre el sonido crudo y percusivo del Magdalena y el melancólico y electrónico de la chicha. Tampoco podría ser que ellos concluyeran esa mixtura: ¡la rueda en espiral jamás para!; pero ahí está su propuesta, con latidos vivos y sinceros, con una profunda y respetuosa observación y comprensión de esas sonoridades y y de esas estéticas. Algunas cosas salen bien ahora; otras saldrán bien después. No importan. ¡Hay tantas vueltas aún por dar en esta rueda!

La Venganza de los Brujos es, entonces, sobre todo, el disco de una sonoridad exhuberante y, a la vez, aterrizada. Al contrario de otros discos de cumbia santiaguina, no suena con la pulcritud molestosa del estudio y se agradece, en ese sentido, los efectos de reverberación que ensucian la escucha y que no la convierten en una experiencia ajena a la vivencia misma de una tocata, con los parlantes en low-fi y equipos saturados. Con eso, el disco gana en sangre y en carne, en vida de mambo, acalorado y sudoroso, y se aleja de las experiencias de otras bandas que, desde mi perspectica, han exagerado en la nitidez y limpieza de sus registros en estudio.

La Venganza de los Brujos es, además, probablemente el mejor documento de cómo Santiago ha descubierto una cumbia de 40 años de tradición más allá de nuestras fronteras. Anarkía Tropikal deben ser actualmente los mejores y más fieles oyentes de la tradición cumbiera que llega especialmente desde la Amazonía, con décadas para dar una vuelta curiosamente larga pero que inexorablemente giró en espiral y que abarcó, en su rueda, a la chicha, la villera y el sound. El disco es una majamama de esas sonoridades (y del punk y del dub), pero desde el Mapocho. Esas voces, esos timbres, solo pueden ser mapochinos y en medio de la sonoridad amazónica o chichera no hay ningún afán de impostar la voz y parecer lo que no se es.

El teclado se ha vuelto un instrumento esencial y que ha alcanzado un protagonismo chispeante y lúdico muy sorprendente, sobre todo al escucharlos en vivo. Es quizás, el elemento  tímbrico que más los distancia de las primeras sonoridades de Anarkía Tropikal. En lo personal, me encanta la sustancia que un buen teclado le aporta a las cumbias, ya sea en Anarkía o en Juaneco, siempre en un diálogo entretenido con las percusiones. En eso, Anarkía manifiesta un respeto absoluto por una sonoridad trabajada ya por toda una tradición peruana (y americana en general) de hacer cumbias, un profundo sentir de sus formas y una chispeante viveza para incorporarla a su propio trabajo y su propia búsqueda.

Las líricas, por último, representan, quizás, el espacio más tensionado del trabajo de Anarkía Tropikal. Y más allá de lo que dicen sus letras, lo que me llama la atención es todo el pie forzado que instalan cada vez que confrontan,  atacan e buscan ser irónicos. A veces parece un autosabotaje. Una canción como “Fascistafari” me parece valiente, no [solo] por lo que describen, sino que por decirlo exorcizan los fantasmas de ser ellos mismos un poco eso. O de terminar en eso. Y es que pareciera que, más allá del ritmo y de la juerga, hay muchos fantasmas que los de Anarkía Tropikal intentan matar (o hacer desaparecer al menos) en sus líricas. Y no solo en La Venganza de los Brujos, sino que tambien en sus trabajos anteriores. En lo personal, me parecen más cómodos, sinceros y juguetones en sus canciones pornográficas, que tan bien asientan en ritmo de cumbia (“Alucina!” es un lujo de cumbia) y en aquellas en que se permiten la visión pueril, juguetona e ingenua del niño que va descubriendo la vida, sin lecciones ni moralejas (como en “Las mamingas unidas jamás serán vendias”). Ahí los siento cómodos, felices y armonía.

Escuchar La Venganza de los Brujos es una experiencia llena de placer estimulante. Como pocas veces en un disco cumbiero desde Chile, las sonoridades de una América diversa y acrisolada aparecen con un toque genuinamente mapochino desafiante y viajero. Es la puerta de entrada a una nueva mirada, a un nuevo diálogo, a un nuevo encuentro con los hermanos americanos, más allá de las añejas fronteras y de los odiosos discursos del poder. En la rueda de la cumbia todos nos encontramos. Y mejor si es en una presentación en vivo, donde la sangre, el sudor y el ritmo trasforman la vivencia en una locura.

BONUS:

Otro comentario al disco La Venganza de los Brujos publicado en El Ciudadano.