DEFENSA DE “EL DIECIOCHO”


[No es una entrada sobre cumbias en Chile, en lo temático; pero en el fondo, sí lo es].

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En estos días, yo no celebro fiestas patrias, celebro “el dieciocho”. Y por lo visto, somos varios que vivimos estas fechas con dicho sentido cercano al paganismo civil, a la herejía oficial, y varios “progresistas” que comienzan a molestarse con tal insolencia y responden con renovadas acciones franquistas que se suman a las ya presentes desde tiempos del dictador, como la obligatoriedad de izar la bandera y esas chimuchinas.

Pero en Chile muchos celebramos “el dieciocho”, y por eso hemos hecho de ese concepto quizás la palabra más importante de nuestro vocabulario chileno. Tener una palabra tan fuerte como “el dieciocho”, que la entendemos en cualquier contexto y en cualquier época del año, da cuenta de dos cosas esenciales de nuestra celebración dieciochera. En primer lugar, de lo radicalmente importante que es la fecha en nuestro calendario mental. Todo el año hablamos de “el dieciocho” y nuestra brújula temporal se ubica inmediatamente. Lo añoramos, lo gozamos y lo sufrimos. El poder de “el dieciocho” siempre se ha relacionado, y me hace mucho sentido, a nuestra falta de carnaval, prohibido por estos lares desde los tiempos de Marcó de Pont y vivito y coleando, con su sentido cíclico y religioso, solo en el norte incorporado al territorio después de la guerra del salitre.

Pero en el Chile central no tenemos carnaval y no concebimos lo sano que es para una sociedad vivirlo; al contrario, la oficialidad parece fomentar la relación inversa e insana.

El carnaval permite que las sociedades tengan una válvula de escape al control estricto de nuestras reguladas vidas cotidianas. El carnaval es, en la superficie chispeante de aquellos días, fiesta, baile y buenas dosis de descontrol, pero es sobre todo comunidad, reequilibrio, y conexión con zonas de nuestra humanidad condicionadas el resto del año: la emoción, la alegría y el dolor, la (des)configuración de los roles de género, el baile desenfrenado y en comunidad, el abrazo fraterno a cualquiera que se pare al frente, el coqueteo, la comida y la bebida brindada en ofrenda por el otro, el paganismo profundamente religioso, los horarios trastocados, el cuerpo lleno de harina y agua olvidando la pulcritud sanitaria enfermiza, etc., etc.

Esa válvula de escape el Chile central no la experimenta, como sí el norte chileno y casi todo el resto de América en los tiempos que los ciclos agrícolas así lo han determinado y a los cuales el cristianismo sobrepuso su miércoles de ceniza y su advenimiento de cuaresma, sin que perdiera un ápice su fuerza; por el contrario, me atrevería a decir, acentuando el paganismo cósmico de la celebración. Algo sí siempre quedó de carnaval en la fiesta de la challa, que tan común era, por ejemplo, en nuestros pueblos aconcagüinos, y, en su sentido agrícola y cíclico, en las fiestas de vendimias de cada valle.

Pero el carnaval es una vivencia radical, esencial. El pueblo del Chile central, sin carnaval por decreto supremo de una oligarquía con afanes civilizatorios (¡como si Europa no viviera carnaval!), jugó su partida y lo movió en el calendario al momento en que la oficialidad lo toleraría: a las fiestas patrias. En nombre de la patria, estos excesos tan inapropiados para nosotros, tan condenables el resto de los 360 días del año, se podían tolerar y hasta intencionar. “El dieciocho” es nuestro carnaval, desprendido, es cierto, de su sentido completamente comunitario y cósmico. Pero es, sobre una fecha de la chilenidad aséptica, una fiesta profundamente pagana. Y aquí viene el segundo punto mágico de la palabra “dieciocho”: en esa fecha del calendario se sobreponen, entonces, dos fiestas: una civil y una popular. Una de parada militar y tedeum y otra de ramadas y borrachera. No es la misma fiesta; son dos mundos en paralelo. Una avivada rota.

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Muchos, entonces, no celebramos “fiestas patrias”. Muchos, de hecho, pensamos, en esos términos, que no hay nada que celebrar. El calendario dirá que se conmemora la creación de un Estado, de un Estado, al final del día, centralista, arrasador con nuestras raíces y pueblos originarios, avenido en elite político empresarial. Un Estado que le vende al pueblo la imagen de la patria, de lo nacional y de lo nuestro, del amor a la bandera y del odio a los hermanos. Y el pueblo amando la patria y tan mal correspondido. Un Estado que en los tiempos críticos de la historia siempre ha privilegiado al gran capital extranjero o el de una pequeña y poderosa oligarquía (como en la guerra contra países hermanos, en 1879, en la explotación del salitre, años después, o en el actual manejo del cobre, el agua, los bosques, la pesca y los minerales en general).  Un Estado que nunca ha gozado de una Constitución legítimamente construida por todos. Es decir, quienes celebran la independencia en realidad son los que ostentan el poder, que en Chile, definitivamente, no reside en el pueblo. Marchas militares, himno nacional… eso pasa para muchos por la vereda del frente de estas celebraciones. Nosotros celebramos “el dieciocho”.

“El dieciocho” tiene esa magia, que se sirve de una fecha en el calendario para instalar, por al menos 48 horas, el carnaval. Es familia. Es comida a destajo y preparada solidariamente, es celebración con los amigos y con los desconocidos, es coqueteo y es libertad. Es cueca, cumbia y ranchera en el espacio público, frente a todos y con todos. Es volantín. Es llegada de la primavera, de tardes soleadas, de duraznos en flor. Es pasar la amargura y la rabia del 11 de septiembre (¿han visto contraste más esquizofrénico en menos de 10 días?). Es equilibrar las energías, es desborde y desmadre para aguantar un año más de orden y patria. Es perder los horarios. Es dejar de trabajar días antes. Es energía vital que puede trasladarse incluso a un dieciocho chico, nunca oficial, igual de sagrado y profano. No es solemnidad ni condición grave: las marchas militares suenan a lo lejos, como un eco grotesco más, casi surreal, dentro de todo el surrealismo de esos días.

“El dieciocho” tiene la excusa de lo nacional, pero no es patriotismo ni es nacionalismo ni es chauvinismo. “Fiestas patrias” sí lo es. En los medios, sí lo es. En los discursos oficiales, sí lo es. Muchos sentimos un pudor insanable de decir querer nuestra tierra. Se nos vienen a la mente los bandos militares, el himno nacional todos los lunes con su segunda estrofa, la exaltación de masculinidades sacralizadas y deshumanizadas como O’Higgins, San Martín y Carrera. Pero “el dieciocho” es profundo amor a la tierra. A todas las tierras. No hay mejores ni peores. No odiamos al hermano, porque toda tierra es amada. Hablar y vivir “el dieciocho” nos permite vivir carnaval sin caer en esos patriotismos insulsos, insultantes con los caídos, con los sometidos y con los violados. Cuánto desaparecido en nombre de la patria. Cuánto asesinado, expulsado de sus tierras, restringido en sus derechos humanos y civiles, en nombre de la patria. Yo, al menos no celebro “fiestas patrias”, celebro “dieciocho” y desde mi perspectiva, son dos cosas, en paralelo pero muy distintas.

La oficialidad santiaguina, conservadora aunque se diga progresista, ombliguística aunque se diga diversa e integradora, ha comenzado, de a poco a actuar nuevamente con los parámetros decimonónicos de la limpieza y la pulcritud. Solo le falta tomar como suya el lema de la Real Academia Española (“limpia, fija y da esplendor”), que sin dudas bien querría para sí misma. Santiago y Providencia. Santiago y Ñuñoa. El Congreso Nacional. Limitaciones por decreto.

Son unas tonteras, dirán algunos; de las más preocupantes, digo yo. Carolina Tohá, afanada en ser la nueva brutal Vucuña Mackenna, limita los horarios de “el dieciocho” en barrios donde ella no vive e impone una entrada a las viejas chinganas avenidas en fondas caras propias de otros barrios. Unos señores diputados, muy preocupados de la patria, afanan y afanan por imponer la cueca como obligación general, en vez de luchar por una educación que libere al ser humano e igualitaria en condiciones. Es la imposición de una fiesta como ellos la quisieran. Es la regulación, una vez más, del carnaval, de la alegría y de la fiesta del pueblo; del jolgorio y de la pena, de la pasión y de la locura de la gente. De la vida ajena, autónoma y soberana. Es el sentido aséptico profundo que la oficialidad chilena insiste en proyectar como imagen país, todo pulcro, nada chabacano, nada desbordado. El efecto es, sin embargo, el desintegrador y marginador de siempre. Como si se tratara de revivir un Mapocho límite y una chimba posmoderna, la Fonda Permanente se auto expulsa a los extramuros de la ciudad, donde no se vea el desmadre; las fondas del Parque O’Higgins se ven obligadas a singularizar y centralizar sus hasta ayer múltiples escenarios, ahora controlados por los oficiales del decreto y del permiso municipal en extensión y diversidad de la manifestación; y en el eufemismo de la fiesta familiar se construye, entonces, una fiesta para el turista y para los abajados de ocasión que la recorren en bicicleta. Y para ellos mismos, oficialidad usurpadora, que se ha creído con el derecho de definir si nos emborrachamos o si bailamos un pie de cueca más o menos.

No sé cómo lo harán los locales chicos, los Bar Raíces y los Club Matadero, pero asumo que a cierta hora de la noche simplemente bajarán sus cortinas y mantendrán sus juergas endemoniadas puertas adentro, casi en la clandestinidad del toque de queda y del after hour, con el temor constante a que las fuerzas policíacas lleguen a golpear por la ventanilla. Se llenarán las arcas municipales de dineros malavenidos por limitar la fiesta y, si tienen éxito, expulsarán el carnaval no de nuestras vidas, sino solo de los límites comunales, que es lo que les importa, para que la pulsión insolente se manifieste en otro lado. En otro Santiago. En otro Chile.

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En nombre de una salud pública y de políticas que educan con el garrote y que infantilizan al ciudadano, ya no solo intenta controlar nuestros pasos y deslices en el cotidiano día a día, sino también en la fecha sagrada y sacrílega del año. Y es muy probable que triunfen, dado nuestro apego a las leyes y los decretos. Pero nada habrán ganado. La necesidad de carnaval, ya travestido en dieciocho, volverá a renacer, porque el cuerpo, la mente y el espíritu lo piden. Porque es un acto de salud verdadera y, sobre todo, de profundo amor y confraternidad.

Quédense con sus sones militares, sus tedeums que subyugan el Estado a la Iglesia y sus celebraciones asépticas. Ya sabremos nosotros cómo darnos el carnaval.

¡Viva nuestro dieciocho!