EL IMPERECEDERO ESTILO CLASICO DE ADRIÁN Y LOS DADOS NEGROS


adrián foto

Adrián y Los Dados Negros es una banda esencial en la historia de las cumbias en Chile, sobre todo por canalizar de manera definitiva una fuerte identificación popular con las cumbias norteñas desde los años 90 en adelante, especialmente en la zona centro norte del país. En cierta medida, junto con lo que estaba ocurriendo en Arica y Punitaqui, es uno de los puntales que permite que la cumbia viva y se renueve durante los años 90 en Chile, frente a una cumbia de sonora un poco agotada y sin nuevos éxitos y con los grupos de música ranchera norteña más o menos exiliados de los grandes medios, donde sí habían podido estar en los ochenta.

Adrián vino por el norte y, como sabemos, llegó desde Argentina. Fue una vuelta larga, como suelen ser las vueltas en las cumbias, que tuvo como lugar clave Calama. Algo estaba pasando por esas tierras que hacía que cierto tipo de cumbia estuviera en su pleno apogeo: el extremo norte de Chile, el sur de Argentina y Bolivia estaban recibiendo y gozando todo el flujo de creación proveniente de México y, sobre todo, de la chicha peruana, los éxitos se sucedían unos tras otros y las nuevas corrientes venían cargadísimas de melodías emotivas, sintetizadores modernos y voces que potenciaban fuertemente su componente emocional.

Adrián y Los Dados Negros, ese Adrian y Los Dados Negros, que hacía su música para Buenos Aires y el norte argentino, se había especializado en tomar toda esta tradición cumbiera que se estaba armando y adaptarla a un estilo propio, muy argentino de hacer cumbia para la época: los sintetizadores dejaban el mayor protagonismo a la guitarra, siempre limpia y pulcra, con cierto influjo del rock latino en el rasgueo, todo enmarcado en un ritmo constante y levemente más acelerado si lo coparamos con el más típico peruano del que se nutrían. El núcleo de todo: la voz reconocible, popular, con ese timbre único, casi feo, pero altamente comunicativo, de Adrián Chauque, acompañado de un coro siempre secundario, pero bien aprovechado en sonoridad. El estilo clásico de Adrián y Los Dados Negros es, por sobre todo, eso: limpio y fuertemente emotivo.

Adrián dio impulso y difusión a todo un repertorio disperso en bandas que, por infinitos motivos, probablemente no iban a lograr mayor difusión que en sus zonas locales. Adrián, un coverista por excelencia, ordenó un repertorio y, con él como referente, permitió que las tierras al sur de Atacama conocieran dicho repertorio, frente a la improbable situación de que los Genniman’s o los Amanecer de entonces cruzaran hacia el Aconcagua. ¡Menos que se escucharan por estos lados las versiones de Guinda o Armonía 10! La historia muestra que Adrián lo hizo dos veces: en los ochenta llevó esa música camino a Buenos Aires. En los noventa, bajando por la Panamericana. ¿Por qué Adrián y no los otros? Por una parte, Adrián contaba con el apoyo de un sello, Musicavisión en Chile, con más presencia en el mercado radial y discográfico que los grupos norteños. De seguro, se suma además la situación atávica de que jamás, hasta hace poco, bandas bolivianas y peruanas lograran ocupar el mínimo espacio en los circuitos cumbieros mediáticos de Coquimbo al sur (¿Los Maravillosos son acaso una excepción?). Y había que tener un carisma, una presencia y una perseverancia particularmente fuertes y marcadas para trabajar en condiciones adversas, con una concepción prejuiciosa desde las clases medias urbanas hacia las cumbias, para resistir el ninguneo y lograr imponerse. Ese carisma y esa fuerza, sin dudas, las tuvo Adrián y se los construyó a punta de trabajo en el norte: Calama, Antofagasta, Coquimbo.

Adrián primero, lueguito Fantasía de Punitaqui, son una ola que trabajó desde la provincia, desde un vínculo con los grupos populares del norte del país, y que se fue proyectando hacia el sur con la paciencia que solos las músicas populares tienen. Prepararon el camino, en definitiva, para el desembarco más mediático y masivo de los Amerika’n Sound y los Alegría, quienes también venían con su historia, con su concepción estilística de emoción y modernidad y con su propio repertorio de cover para instalar en el centro. Todo ese éxito, sin Adrián y Los Dados Negros, habría sido muy difícil de generar.

La historia dice que llegó por primera vez a territorio chileno en marzo de 1993, a las fiestas de celebración de Calama. Para entonces, “Tarjetita de invitación” ya era un éxito popular desde el Aconcagua al norte y su presencia calameña debe de haber sido de alto impacto, tanto que decide quedarse en Chile. Gran parte de la banda decide volver a Argentina y Adrián rehace Los Dados Negros en Antofagasta. La llegada popular fue potente y tan significativa que hasta el día de hoy, por ejemplo, una radio como Carnaval de Antofagasta se enorgullece de haber comenzado sus transmisiones con “Chica basilona” (sic) (original del Grupo Maravilla de Perú) en noviembre de 1993.

Adrián carnaval

¿Qué tenía ese Adrián? Creo que, sobre todo, una sonoridad que para los que vivimos del Aconcagua al norte nos remite a una acústica latente difícil de precisar si existía (existe) aún o no. Una sonoridad que instala una nostalgia. Después de “Tarjetita de invitación” deben de haberse editado cassettes recopilatorios de los trabajos bonaerenses de Los Dados Negros, porque en las fiestas en ramada de Ocoa de aquellos años (’93, ’94) bailábamos “Pastorcita”, “Soy tan pobre” y, por supuesto, “Chica vacilona”. Y sobre todo las canciones chicheras de ese repertorio (asunto que por supuesto no se conocía por entonces) remitían a una sonoridad conocida pero, digamos, de origen impreciso, como si estuviera en el aire, como si la lleváramos en una memoria emocional heredada, como si hubieran sido melodías que siempre hubiésemos conocido y que solo hubieran estado algo olvidadas. El efecto de eco en el sonido de sus grabaciones proyectaba justamente una resonancia de baile en medio de la oscuridad de algún pueblo rural, de esos bailes en la sede social con luces prendidas y mesas con mantel plástico.

Las nuevas tecnologías permiten comparar las versiones originales de muchos de sus covers de entonces y aquilatar, por lo tanto, la impecable transparecia estilística del estilo Dados Negros. La movida tropical sound años después haría algo similar con los éxitos mexicanos y peruanos. Es un estilo homogéneo, limpio y liviano, que parece sentirse como más propio para los oidos nacionales del norte y del centro. Adrián fue un gran versionador de canciones del Grupo Guinda, que solía generar un sonido más pesado que el que conocimos a través del argentino. Un sonido más centrado en los teclados bajos, con guitarra con marcado efecto wuawua y ritmo más lento.

También hace una increíble “traducción” de “Pobre soy”, grabada en 1978 por el Grupo Celeste.

Y las versiones de canciones del repertorio andino completaron un concepto de añoranza y remembranza de las solitarias altas planicies de Chile, Argentina, Bolivia, Perú y Ecuador. Fue la construcción de un imaginario a través de una sonoridad específica de cumbia. Su “Pasito tun tun” marcó un estilo renovado ya en la instumentalización. En su estilo clásico, tomó “El canelazo” y lo convirtió en una versión cumbiera llamada “Traguito de ron”. Y es que ningún ritmo se resiste a ser versionado con los códigos de las cumbias, y en eso Adrián es un maestro audaz y arriesgado (ya lo sabe Jorge González para “Estrechez de corazón”). Por su parte, su versión regional de “La cervecita” caló en la memoria de la escena santiaguina y ameritó un posterior cover en versión villera (“EL chimbombo” de los Súper Cumbieros).

En 1994 Adrián y Los Dados Negros desembarca en La Pampilla de Coquimbo, verdadera aduana de las cumbias entre el norte y el centro. Reitera la presencia en 1995 y 1997. Ante un éxito innegable ya en Santiago, comienza a ser difundido por notas periodísticas en La Cuarta y de seguro formó parte esencial de las programaciones de las nacientes radios Corazón y Nina en clave tropical, en pleno 1996. Pero la difusión de sus trabajos clásicos vía radios y cassettes va mezclándose con los nuevos trabajos que genera ya en Chile: canciones como “El santo cachón” (1995?) y “El venado” (1996?) presentan un estilo que ha mutado hacia una presencia predominante de sintetizadores y una radical desaparición de la guitarra de remembranza norteña. Todo está más que claro cuando en la Teletón de 1996 estrena “Por qué me siguen las mujeres” de la mano de Don Francisco. Ese ya es un Adrián estrictamente santiaguino, de muchísima menor calidad según mi gusto, que se llenó de cumbias graciosas, hechas de adrede por y para una clase media que veía en ellas solo un espacio de cierta chavacanización que quería encontrar en las cumbias, ya sin acordes andinos ni punteos de guitarra nostálgicos. Cumbias creadas por personas que solo podrían ver en ellas un espacio, en definitiva, de estigmatización o, al menos, no de sinceridad propia sino solo de supuesto espíritu festivo: Alberto Plaza, Mario Kreutzberger, etc. Ese Adrián, el de “Por qué me siguen las mujeres” y “El fotógrafo”, no se condice con el Adrián del que estamos hablando acá, y ya habrá tiempo para comentar qué contexto e imaginario capitalino podrían haber llevado a tal cambio de estilo. De seguro, el estilo nortino fue visto, para el Adrián de 1996-7, como un callejón sin salida para una permanencia mediática desde Santiago de Chile y no tuvo más que adaptarse al imaginario estilístico de una clase media que le abría las puertas siempre que fuera den tro del marco de lo gracioso.

En la provincia quedó para siempre, sin embargo, el eco imperecedero del Adrián de estilo clásico.